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La escena podría ser la siguiente.

Un grupo de personas se reúne en un salón que preside un gran objeto cubierto con una sábana. Hay excitación, nervios. Es algo que todos deseaban hacer desde hace tiempo y por fin ha llegado el momento. Se acomodan en el sofá, los sillones, el suelo. Cada uno escoge el lugar más cómodo, el que solía elegir antes para hacer lo que van hacer ahora. Hay cierto placer en la espera, el momento promete ser memorable. Cuando todo el mundo está listo, se hace un silencio nervioso. Alguien se acerca al gran objeto cubierto. Acerca su mano a la sábana y tira de ella. Las caras de todos los presentes se iluminan y abren bien los ojos para admirar lo que estaba escondido, eso por lo que se han reunido y cuya visión les produce una gran emoción: un televisor.

No se trata de personas reunidas de forma clandestina, tampoco tiene un barniz religioso: están en el salón de una casa, no en las catacumbas romanas. Son gente que, sencillamente, se reúnen para hacer algo que ya no suelen hacer, como el que se compra un tocadiscos para escuchar un vinilo, el que sigue haciendo fotos usando cámara de carrete o el que recorre toda la red buscando rollos vírgenes de 8mm para su tomavistas. A todos ellos les gustaba que sucediera algo que un día, caprichos del mercado o evolución natural de la especie, dejó de suceder.

El relato parece hoy una fantasía, pero, ¿algún día dejara de existir la televisión y se convertirá en un objeto de culto añorado sólo por una minoría? Parece imposible, pero cada vez más hay señales que anuncian el final del medio televisivo y, aunque el electrodoméstico en sí muestra una fortaleza envidiable (pantallas ultra planas, calidad HD, 3D, hbbtv, Smart tv…), si los contenidos no están a la altura del usuario, tal vez algún día asistiremos a su funeral y sólo podremos disfrutarlo en reuniones de sibaritas y nostálgicos.

Lo quiero y lo quiero ya.

Hasta ahora hemos aceptado esta relación ligeramente masoquista en la que el espectador deseaba y el programador jugaba. Una delegación de voluntades a gran escala que sólo alcanzaba su satisfacción cuando en la pantalla aparecía el programa que queríamos ver y que el programador decidía emitir. Las cosas, sin embargo, ya no son así. Y si el usuario puede intervenir, opinar, compartir y crear en todos los ámbitos de su entretenimiento, ¿por qué no va a querer hacerlo en la televisión? ¿Y por qué no va a querer hacerlo ya?

La batalla de la inmediatez, sin embargo, se juega ahora en la distribución de contenidos. Pero la tecnología no sólo ha puesto en nuestras manos los medios de producción. También nos ha regalado los medios de distribución. Y ni Amazon, ni Yahoo, ni Google, ni Netflix pueden controlar lo que el usuario crea, hace circular y consume por sí mismo y que no depende de la rentabilidad ni las audiencias (al menos no siempre) para existir. Ofrecerle tv everywhere está bien. Pero es como si se ofreciera como gran novedad fridge everywhere o thermomix everywhere. Ningún electrodoméstico sostendría su éxito exclusivamente en su capacidad de ubicuidad.

El pueblo, unido…

Hoy en día la televisión es imbatible. En oferta, presupuestos, capacidad de financiación, rentabilidad y capacidad de convocatoria. Y no tiene mala salud, según parece. Pero desde hace un tiempo, se ha abierto una grieta por la que se pierden de forma sostenida cientos y cientos de espectadores que, más allá de despreciarla, han dejado de encontrar en la televisión lo que necesitan.

Sólo cuando la televisión acepte que ya no es dueña del tablero podremos pensar que estamos ante una nueva era del medio. Será el momento en que se acepte que la narrativa digital es una realidad y que ver House of cards en la Renfe no es la revolución. Que el cambio vendrá cuando un relato televisivo ofrezca una experiencia basada en extensiones de todo tipo que sí, podrás disfrutar en la Renfe o everywhere tu quieras. Y eso sólo sucederá cuando programar sea una invitación y el medio esté dispuesto a compartir su libro de instrucciones con su destinatario, a ser flexible con sus decisiones y a aceptar que Kantar Media no lo es todo. ¿No iba esto de dar el poder al pueblo? Pues haberlo pensado antes, amigo.

Hasta que eso suceda, podremos recordar a Peret y pensar que si aún no está muerta, la televisión está de parranda.

@ramontarres

 

Imagen: simpleinsomnia