Old camera film

En mayo fui invitado por el colegio de mis hijas a dar una charla sobre un tema de mi elección y elegí la fotografía. Con un aforo de alumnos de 9 años podía haber planteado la sesión con un iPhone, haber abierto Instagram y haber hecho scroll en varios perfiles pero con esto no les llevaría a la fotografía sino a la tecnología. El día de la charla llené una maleta de cuero con mis cámaras analógicas; la primera, una Olympus Pen EE-3, las dos Nikon F-1, una 6×6 rusa, varias Lomos y un par de aquellas de usar y triar que todavía guardo incluso me atreví con una cámara de fuelle. También metí carretes y negativos, diapositivas y visores, medidores de luz y, con mucho cuidado, unas placas en cristal que disparó mi abuelo. Y triunfé.

Al día se disparan millones de fotos, tantas como las que se hacían en un año de era pre-Kodak. Hasta hace dos frases el ser humano contaba con un inabarcable álbum de 3,8 trillones de imágenes, ahora hay que sumarle 200 o 300mil más. Esta imposible colección cuenta cómo somos, lo que nos gusta y lo que no, qué hacemos con nuestro tiempo libre, cómo son nuestros hijos, nuestros padres, nuestros abuelos y, en algunos casos, los abuelos de los abuelos, lo cuenta todo sobre nosotros y la fotografía digital ha sumado miles de millones de personas a este esfuerzo documental.

Lo valioso es que la fotografía es un arte y en cada una de las fotografías de ese álbum está la visión de alguien sobre el mundo que nos rodea. Un amigo me dijo que con la llegada de la era digital había abandonado la fotografía “demasiadas fotos, demasiado fácil” Dicho así impacta mucho porque ¿para qué fotografiar lo que ya fotografía todo el mundo? Razón no le faltaba. Mi amigo había estancado su visión en lo documental y en esa liga no quería jugar. Guardó la cámara y se centró en la escritura donde ya había cruzado esa línea que separa lo documental de lo artístico, lo anecdótico de lo trascendente, un freno insalvable en muchas disciplinas artísticas que no existe en la fotografía.

Sacar la cámara y disparar produce una satisfacción enorme. Ser capaz de crear la imagen que configurará el recuerdo de un momento vivido produce un efecto tan poderoso que acaba rápidamente con la cuestión sobre si es válida o no la imagen. Cosa que no ocurre con el dibujo, la pintura, el cine o la escritura. Su resultado nos avergüenza más y con la fotografía esto no pasa. Por suerte porque, ¿porqué limitar nuestra expresión artística? La fotografía nos da la oportunidad de ilustrar la historia de nuestra vida y puede ser tan bella como queramos.

Por esta razón mi primera clase de fotografía fue analógica, para enseñar a esos #fotógrafosforever la importancia de reflexionar sobre cómo van a contar sus vidas a través de la fotografía. Si descubren que con cada disparo tienen la posibilidad de aportar a ese retrato infinito una visión distintiva ayudarán con sus imágenes no a definirnos, sino a entendernos.

Y ahora mi hija quiere ser fotógrafa.

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