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El día de Acción de Gracias es una celebración que reúne a la familia entorno a una mesa para dar gracias por lo recibido. La fiesta llegó a América desde Europa y debe ser de las pocas que no ha vuelto. Desde Florida hasta Terranova casi cada pueblo de la costa atlántica reclama su paternidad. Pero es en Plymouth donde se forja la leyenda del encuentro armónico entre el viejo y el nuevo mundo, tan bien narrada por Terrence Malick en El Nuevo Mundo, una especie de bucle espacio-tiempo. Hoy en día la magia de ese fraternal momento se rompe por completo a las 48 horas con la llegada del Black Friday y la posterior maratón navideña. Pasando del compartir al consumir en un abrir y cerrar de ojos.

Hasta la semana pasada a mí, todo esto, me importaba más bien poco la verdad. Mientras que en América el Black Friday dura eso, un viernes, aquí se nos ha ido de las manos. Oficialmente comenzó el 27 y terminó el 30. Pero si le sumamos los días de promoción previos la fiesta ha durado más que el rosario de la aurora, o eso me ha parecido a mí.

Que conste que celebro las ventas y los ingresos que generan pero, una vez más, ha sido a costa de demostrar nuestra debilidad como consumidores. El país entero ha sufrido un ataque súbito de amnesia y lo que ayer era precariedad esta semana pasada ha sido bonanza a raudales. Es una fiesta bien planeada y el coste oportunidad actúa como acelerador de la ventas fundamentada en golosos descuentos. Así que, si no has podido resistirte lo entiendo, porque a mí me ha costado no participar de la fiesta. De los cuatro newsletter que recibo diariamente todos contenían algún mensaje relacionado con el Black Friday. A esto hay que sumarle los mensajes recibidos vía apps, por supuesto cualquier página de internet, las vallas en el metro, las cuñas de radio… no ha habido categoría o producto que se haya librado del Black Friday ni espacio sobre la tierra en el que poder esconderse.

Reconozco que el nombre también ha colaborado en esta aversión porque, ¿cómo sumarte a una fiesta amparada en un nombre tan poco empático? Porque, ¿se puede comprar algo un viernes negro? Yo pensaba que un viernes negro era para quedarse en casa y no poner ni las noticias. Pero tampoco en esto se ha parado el consumidor que, a este paso, pronto se verá abocado a una cadena de fiestas importadas con las que lo único que nos une es el pin de una tarjeta.

A las marcas les toca resolver la paradoja de destruir en dos días lo que llevan construyendo todo el año pero yo no me he encontrado con ninguna capaz de hacerlo salvo por el gremio de libreros ingleses que convocó a un Civilised Sturday como antídoto de este desfase que es el Black Friday, y eso sí, celebrado offline en las propias librerías. Eso sí que ha debido ser toda una fiesta.

@jileonycastillo