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Fotografía de la manifestación a favor de la libertad de los titiriteros detenidos en Madrid. Imagen de Galiza Contrainfo bajo licencia Creative Commons

Aki Kaurismäki y los posts de actualidad
En unas declaraciones a una revista de crítica cinematográfica, el finlandés Aki Kaurismäki decía que no iba a los estrenos cinematográficos y que, en realidad, no veía ninguna película reciente (término que para él abarca varias décadas). Dicho así parece una boutade, pero lo cierto es que una vez expuesto su criterio no resulta tan absurdo.
Kaurismäki señala que, si una película aguanta el paso del tiempo, probablemente debe tener algo de interés y si no, no. Gracias a este curioso criterio de selección evita perder tiempo viendo obras intrascendentes, olvidables o, simplemente, mediocres. (¿Cuántos films galardonados y ensalzados por el público y la crítica del momento se han marchitado con el paso del tiempo, demostrando que su éxito era más fruto de las circunstancias que de la valía de la obra?)

Por razones, si no iguales, parecidas, no me gusta escribir eso que se llama “post de actualidad”. Aunque las estadísticas dicen que son más viralizables, a mí me puede un cierto pudor. Prefiero hablar de cuestiones generales, que suelen tener una vida más prolongada y un área de aplicación más amplia.
Si hoy rompo con esa costumbre no es porque haya cambiado de opinión, sino porque la noticia me parece ilustrativa de algo mucho más profundo y, en este caso, desgraciadamente duradero.

La gran contradicción: prohibido prohibir
Hace casi cincuenta años, en una de las paredes de la Sorbona de París, se podía leer: “Prohibido prohibir”, una frase que ha tenido la buena fortuna de sobrevivir y convertirse en una referencia obligada de la contradicción del lenguaje. (Iba a escribir “de la contradicción de la política”, pero no, no se ha convertido en eso).

En realidad, en el mayo de 1968, en aquella pared de la universidad se podía leer algo más, ya que la pintada completa decía: “Prohibido prohibir. La libertad comienza por una prohibición”.

Vivimos tiempos extraños, tiempos de cambios continuos de los que la frase en cuestión no es más que un ejemplo. Vivimos lo que podríamos calificar como la Gran Contradicción. El mundo se mueve a tal velocidad que, aunque no es la primera ocasión que vivimos el efecto péndulo (pasamos de un extremo a otro de una cuestión sin conseguir detenernos en un término medio), hemos llegado a desdoblarnos y lograr vivir simultáneamente en ambos.

Nuestra sociedad, desde un punto de vista histórico, es la más conectada, pero vivimos desconectados. Gracias al Big Data analizamos una cantidad ingente de información relativa a situaciones y hábitos de consumo, y al mismo tiempo somos capaces de personalizar una experiencia de usuario hasta el punto de convertirla en algo realmente individual y único. Tenemos un hambre voraz, y simultáneamente estamos hartos. Como digo, vivimos en la Gran Contradicción.
No nos gusta que nos controlen, pero facilitamos nuestros datos (movimientos, relaciones, adquisiciones) a cambio prácticamente de nada, y sin que eso nos moleste lo más mínimo.
Y nos aburrimos. Nos aburrimos de no aburrirnos, o mejor dicho, creemos que nos aburrimos cuando no recibimos nuevos impulsos que reclamen nuestra atención, sólo hasta que instantes después otros desvíen nuestra mirada hacia otro lugar.
Disponemos de más información de la que podríamos digerir en varias vidas, y aún así, no comprendemos gran cosa. El mapa está lleno de puntos, y cada vez aparecen más; y estamos tan pendientes de señalar las nuevas apariciones que nos olvidamos de conectarlos. Nadamos en un mar de información… sin sentido.
Algunas voces nos avisan de que estamos perdiendo el espíritu crítico, de que no nos concedemos tiempo para detenernos y reflexionar. ¿Será verdad? Y, si lo fuere… ¿eso nos resulta beneficioso o perjudicial?

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Imagen extraída de Flickr © Angi Wallace (was Nelson)

Jim Thompson y el síndrome de la rana hervida
Aún recuerdo la primera vez que leí la expresión “políticamente correcto”. Sí, la leí, no la escuché. Fue un domingo soleado: di con ella mientras hojeaba las páginas del suplemento dominical de “El País”. Pensé, “Qué gracioso, mira qué ingenio el del cronista”. Pero no, no era un chiste y, a la larga no resultó divertido.
Si cito el nombre del diario es porque, aunque la publicación aún existe, lo hace a título nominal. Se llama igual, pero no es lo mismo. Y de nuevo nos encontramos con una contradicción: llamándose del mismo modo, su naturaleza ha variado, lo que bien seguro nos puede causar cierta confusión.
Para no entrar en una discusión filosófica sobre nominalismo y naturaleza de las cosas, me ceñiré a una frase popular que todos conocemos: “las cosas claras y el chocolate espeso” o lo que es lo mismo “las cosas por su nombre”, en el bien entendido de que, aquí sí, nombre y objeto son coincidentes y únicos.

Con el paso de los años, la expresión “políticamente correcto” se convirtió en un paraguas bajo el que se protegían “las buenas formas”, “los buenos modales”, “el buen gusto”… La expresión se convirtió en un filtro, una censura soterrada que señalaba qué se podía decir/mostrar/pensar y qué no, no sólo en el ámbito de la política, sino en todas las áreas de lo social (o sea, ¡en todo!)
Al mismo tiempo, lo “políticamente incorrecto” pasó a ser “lo mal visto”, algo indeseado, repudiable y obsceno.
Por esas mismas razones, dejamos de usar ciertas expresiones, pero también de hablar de determinados temas. Algunos puntos de vista desaparecieron, al menos de la luz pública.

Con la bandera de lo políticamente correcto, se impuso la dictadura de pensamiento (o mejor, de no-pensamiento). Como la rana en la cazuela, fuimos aceptando “que las cosas eran así”. Que los banqueros y los políticos eran corruptos (¿Dónde pone que, por definición, lo sean, y lo tengan que ser todos?), que “era mejor no meterse en líos” (¡Definamos lío!).

Inevitable citar aquí el sermón de Martín Niemöller, convertido en poema y atribuido a Bertolt Bretch ; aunque creo que en este caso la autoría es lo de menos, porque son palabras que resuenan (espero que resuenen) en la mente de todos nosotros:

«Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas,
guardé silencio,
porque yo no era comunista.
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio,
porque yo no era socialdemócrata.
Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
no protesté,
porque yo no era sindicalista.
Cuando vinieron a por los judíos,
no pronuncié palabra,
porque yo no era judío.
Cuando finalmente vinieron a por mí,
no había nadie más que pudiera protestar.»

Quejarse, durante mucho tiempo, ha sido considerado “políticamente incorrecto”. Y si eso ha sido así “para lo mío”,… ya resulta impensable “para lo del otro”. (Una forma más del individualismo mal entendido que hemos practicado como sociedad durante las últimas décadas).
Retomando lo dicho: como la rana en la cazuela, hemos ido aceptando un aumento de temperatura cada vez mayor, y no sólo eso: como el sheriff-asesino de Jim Thompson, hemos interiorizado el mal, todavía convencidos de que hay un “nosotros” y un “ellos”.
Nosotros (todos nosotros) somos ellos.

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Imagen de una representación de “Punch and Judy”, obra clásica del guiñol de cachiporra. Charles D P Miller bajo licencia Creative Commons

De nobles y plebeyos
Hubo un tiempo en que la libertad de expresión, la libertad en general y los derechos inalienables de la persona no es que fueran papel mojado, es que ni eran. Esos derechos con los que supuestamente nacemos (sin distinción alguna de nacionalidad, lugar de residencia, sexo, origen nacional o étnico, color, religión, lengua, o cualquier otra condición) no estaban contemplados, y los poderosos imponían sus voluntad a los que tenían por debajo. Ésa era la ley y todo el mundo se regía por ella. (Claro está, tampoco se votaba para decidir si aquel sistema era el deseado o se prefería sustituirlo por otro).

En aquellos tiempos la crítica era considerada ofensa y se castigaba severamente, y sólo los bufones contaban con el beneplácito de sus señores para decir aquello que nadie se atrevía a decir. Eso sí, debían hacerlo con mucho ingenio, y sólo podían hacerlo hasta que perdían el apoyo de su amo. (Esto de dedicarse a la farándula siempre ha sido un oficio peligroso, más de lo que pueda parecer).
Desde entonces, ciertas formas de narración han perdurado, a veces en su forma original, otras adoptando distintos formatos según los medios de los que se dispusiera y las circunstancias que envolvieran a la representación.
Entre esas formas, está el teatro de marionetas, y dentro de éste, el de la cachiporra, género en el que estaban a la orden del día los golpes, las vejaciones, los insultos y la muerte (a menudo de manera escabrosa).

En nuestro afán por que todo sea “políticamente correcto”, un género como éste difícilmente puede sobrevivir. Y, sin embargo, siempre hay alguien que (llevado por la vocación o la necesidad), lo mantiene vivo. ¡Pero a qué precio!
En una sociedad como la nuestra, acostumbrada a leer sólo los titulares, a hablar antes de pensar, a escandalizarse por todo (todo lo “políticamente incorrecto”, que cada vez es más) y a castigar como medida preventiva, no le ha sentado bien lo que han hecho estos dos cómicos de la legua (que para su desgracia visten de un modo políticamente incorrecto, ejerciendo un oficio dudoso). Que estos artistas supuestamente hayan ensuciado las mentes impolutas de unos niños angelicales, futuros ciudadanos de pro, incitándoles (¿?) al terrorismo y a la incorrección política… ¡Dónde habrase visto?
Y, como si de una representación más de cachiporra se tratara, las fuerzas del orden público han pasado a interpretar en el mundo real algo que sólo estaba pensado para ser ficción.

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Fotograma extraído del video de ctxt © de sus autores

En este video se registra el momento de la representación en el que aparece la polémica pancarta en la que supuestamente se ensalza el terrorismo. Que el lector juzgue por sí mismo.

Se ha armado un revuelo (inter)nacional. El caso ha aparecido en infinidad de medios (recojo éste como simple ejemplo). La alcaldesa de la ciudad se rasga las vestiduras como si el consistorio hubiera cometido un delito imperdonable y se piden responsabilidades y ceses. La mano de la ley (en ciertos sectores llamada justicia, de nuevo a vueltas con el naming), cae sin piedad sobre dos profesionales que, bajo contrato, estaban haciendo su trabajo. Como sigamos así, alguien, inspirado por la reina de corazones de Alicia, pedirá “que les corten la cabeza”.
Eso sí, de un modo “políticamente correcto”, que hay que mantener las formas.

Como vivimos en esta sociedad frenética, probablemente nunca sabremos el final de la historia, porque esa parte aparecerá, como dice el chiste, en “la segunda pagina de Google”. Eso sí, esta pareja de titiriteros sabrá (no creo que puedan olvidarlo en la vida) que siente uno al ser condenado antes de ser juzgado.

Presente continuo, contenedores vacíos
El nuestro es un presente continuo, pero no aquel que postulan las filosofías orientales ni los terapeutas gestálticos. No vivimos en el “aquí y ahora”, sino unas décimas de segundo más allá. Parece un lapso tan pequeño de tiempo que podríamos llegarlo a ignorar, pero no debemos llevarnos a error.

Lo que experimentamos es un pseudo-“aquí y ahora”, en un tiempo en que definir “aquí” resulta extremadamente complejo, puesto que la tele-presencia digital, simultaneada con la presencia física, nos desdobla. Y, respecto al “ahora”, no es un “ahora-ahora”, en el que vivimos, sino unas milésimas de segundo en el futuro. (Imaginando las cara de nuestros amigos cuando vean nuestro selfie en un lugar paradisíaco, en lugar de, simplemente, disfrutar de nuestra presencia allí).

Vivimos una carrera desenfrenada en la que generamos contenidos de modo compulsivo, para que otros sean testigos de nuestras vidas, como si esa fuera la única prueba que tenemos de que realmente estamos aquí, ahora, de que somos.

En un momento en que se repite como un mantra eso de “El contenido es el rey”, y en el que tanto se insiste en la necesidad comunicar, conectar y generar contenidos de calidad… Hemos confundido el mensajero con el mensaje. ¡Y ni siquiera hemos visto el mensaje!
Como una mala narración, el relato tenía moraleja: sólo los contenidos insulsos, inocuos, olvidables y políticamente correctos pueden sobrevivir sin el miedo a ser demonizados. Esto bien podría leerse como el fin de la comunicación.

Después de esta reflexión siento una cierta acidez de estómago. Puede que se deba a una mala digestión de todo lo que está pasando, o tal vez sea que hago demasiados nervios; y ya se sabe, ellos también quieren expresarse y lo hacen atacando las zonas más delicadas de nuestro organismo.
¿Estamos condenados a la frivolidad?

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Imagen extraída de “La Voz de la Palma”. © de sus autores