reflejos2

Estamos rodeados de espejos; los libros, las películas, Facebook, el smartphone, nuestra cara, la cara de los demás,… cualquier soporte comunicativo es un espejo, donde a veces nos reconocemos nítidamente, otros nos vemos simplificados e incluso deformados, y otras elevados hasta nuestra mejor versión.

En una red social estamos rodeados de gente y la comunicación fluye sin parar en todas las direcciones, lo que sobre el papel definiría un escenario idílico de relación. Pero sin embargo, los estudios muestran como un porcentaje estimable de personas sienten soledad, ya que probablemente es lo que ellas ven al reflejarse en ese espejo.

La comunicación entendida como emisor-receptor-mensaje es tan cierta como insuficiente. Define la macrocomunicación, pero apenas roza el corazón de nuestras relaciones; las dinámicas microcomunicativas. Pasa igual que con la macroeconomía, hace un diagnóstico preciso del país, pero no explica, ni mucho menos entiende, lo que ocurre en nuestros bolsillos.

En el mundo real, el emisor el receptor y el mensaje se funden y se confunden. Los sentimientos que vemos en la cara del otro se reflejan de algún modo en la nuestra, y viceversa. Nuestras acciones responden a instintos que se desencadenan como reacción directa a lo que percibimos del entorno, a veces directamente a través de los sentidos, y cada vez más, filtrado por la multitud de espejos en que se desarrolla nuestra comunicación.

Para explicar este fenómeno a veces caemos en la tentación fácil de trazar una línea gruesa que separa la vieja y la nueva comunicación, donde supuestamente lo viejo son unos formatos jerárquicos donde uno habla y el resto se limita a escuchar, y lo nuevo son unos formatos alumbrados por la nuevas tecnologías que propician una relación más igualitaria. Pero como pasa con todas las fronteras, solo existen con nitidez en nuestra mente, la realidad siempre está “desordenada” y “amontonada”.

El libro, un formato con siglos a sus espaldas, puede alcanzar el mayor grado de interacción imaginable, dentro de unas líneas lo explico. Y sin embargo, muchos dispositivos de comunicación digitales solo ofrecen una pequeña interacción física a través de clicks, que conduce siempre a un rango de respuestas estrecho y preconfigurado; a una relación jerárquica dominada por el emisor. No es lo nuevo ni lo viejo, ni este aparato o ese otro; la clave sigue siendo la capacidad de reflejar de cada espejo.

Cada párrafo de un libro, a veces cada línea, provoca interacciones de todo tipo, la mayoría sutiles y casi imperceptibles. Aunque en ocasiones, lo que leemos, o vemos en una película, nos espolea a hacer una llamada importante que teníamos pendiente. E incluso muchas personas emprenden un viaje, exterior o interior, a raíz de leer un libro. Y algunos de esos viajes terminan cambiando vidas, y esas vidas cambiadas a veces transforman comunidades, e incluso países. Cuando los Evangelistas empezaron a escribir los Testamentos no creo que imaginaran, ni por asomo, la que se iba a liar cuando la gente leyera la Biblia; ríete de la capacidad de interacción del Pokemom Go. El autor solo tiene jerarquía sobre lo que escribe, lo que viene a continuación es consecuencia, a menudo imprevisible, del modo en que cada uno se reconoce en esa lectura.

Desde la perspectiva de la comunicación, como oficio y negocio, puede resultar desalentador constatar que en nuestros espejos cada persona ve algo diferente, y muy pocas veces exactamente lo que nos gustaría. Pero siempre ha sido así, y hemos avanzado con éxito sobre esta cuerda floja, aprendiendo en el camino alguna cosa importante:

  • El marco, por bello y extraordinario que sea, no es el espejo. Exhibe sus atributos, pero no refleja nada.
  • Tampoco basta con vernos reflejados de un modo neutro o anodino, es importante que esa visión de nosotros mismos nos estimule y nos rete de algún modo. Que en el espejo se intuya una personalidad que incite a saltar al otro lado.

Hoy, avanzado 2016, el mayor reto es digerir toneladas de datos sin empacharnos. Cada vez tenemos un reflejo más nítido de nosotros mismos, lo que debería propiciar relaciones más ricas. Pero no podemos dormirnos en los laureles, la comunicación en sus aspectos más críticos sigue dominada tanto por mecanismos instintivos, somos animales (no olvidar), como por la infinitas permutaciones que se producen al mezclar información, cultura, memoria… Los datos nos llevan en volandas hasta cerca de la meta, pero lo últimos y decisivos metros, hay que hacerlos a pie.

@FernandoArtevia