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Con perdón…

No es más que un préstamo tomado del eslogan que hizo furor en la primera campaña de Bill Clinton, en 1992, “¡Es la economía, estúpido!”. Un mantra que empezó como consigna interna del equipo de campaña y acabó siendo una de las señas de identidad del paso de Clinton por la Casa Blanca. Era una manera de decir dónde estaba lo importante; qué era lo que distinguía al aspirante –Clinton-, de quien defendía el puesto, -Bush padre-; cuál era el asunto al que de verdad había que dedicar buena parte de la energía: la economía.

Si damos un salto y pensamos en el mundo de la comunicación digital, podríamos hacernos preguntas parecidas: ¿dónde está lo importante? ¿Qué distingue a los medios digitales de los tradicionales? ¿Dónde hay que poner buena parte de la energía?

En el relato, estúpido.

El estupor del guionista.

Hasta ahora, un guionista era a una producción audiovisual lo que un bajista a un grupo de música: el tipo que estaba al fondo del escenario haciendo algo que nadie sabe muy bien para qué sirve pero que, por algún motivo, no se cuestiona que no tenga que estar. Uno, que ha sido ambas cosas –guionista y bajista-, lo sabe bien. El director, los actores, iluminadores…, y ahora, los community managers, diseñadores gráficos, o expertos en marketing… son los que están en primera línea, los que están bajo los focos.

Sin embargo, me temo que la vieja disposición de elementos sobre el tablero del mundo audiovisual está sufriendo algunas transformaciones. Y la primera, para el guionista, que ya no puede quedarse más tiempo agazapado al fondo del escenario.

La pantalla desnuda.

Hasta ahora escribíamos para: para la televisión, para el cine, para un editor… La pantalla –una pantalla-, era el límite, la razón de ser de cualquier narración. Pero el trono de la pantalla ha volado por los aires. Es una de las certezas que tiene uno cuando lee el informe Marketing to millennials (Comscore.com, 2014), dedicado al segmento de la audiencia nacido después de 1980, el que ahora tiene entre 18 y 34 años. Según el estudio, los millennials de EEUU tienen una muy alta actividad online (que sumada serían cuatro días enteros al mes), principalmente a través de su smartphone, aunque usan igualmente el resto de dispositivos a su alcance (ordenador personal, tablet). Usan una gran variedad de redes sociales (Facebook, Instagram, Twitter, Tumblr, Pinterest, Snapchat…), y todas ellas a la vez. Consumen contenidos (es decir, televisión) a la carta, su carta…

No por ser norteamericanos son tan raros. Las mismas conclusiones, en este caso en España, las podemos extraer del informe Televidente 2.0 (The Cocktail Analysis, 2013).

Tenemos muchas pantallas en nuestras manos y somos infieles a todas ellas. Utilizamos una u otra según el momento del día, la situación o lo que busquemos. La pantalla no es, como hasta ahora, el centro del sistema planetario de la comunicación audiovisual. Ha quedado retratada como lo que es: un mero soporte. Y como tal necesita alimentarse de pretextos para no quedar desnuda. Ya no es el destino de nuestros esfuerzos, es una “dama de compañía” en busca de clientes.

El relato residente.

Los tiempos de “una pantalla-un relato” han pasado a mejor vida. El nuevo panorama audiovisual necesita de una nueva narrativa que responda a la fórmula “muchas pantallas-un relato”. ¿Qué relato? El relato residente. “Residente” en el sentido que define el Diccionario Ideológico de la Lengua Española: “Estar en una persona cualquier cosa inmaterial”. Sustituyamos persona por pantalla y tendremos servida la analogía.

El relato residente es un relato sin pantalla, una hiperficción que invade todas las habitaciones disponibles de la comunicación digital: mensajería instantánea, redes sociales, plataformas de vod, webs de streaming, apps… Un relato diseñado para estar en todas ellas, no en forma de extensiones de una matriz principal, sino como anfitrión, repartiendo número a las pantallas para que estas puedan llevarse su ración. El relato está, sucede, tiene su transcurso, y son las pantallas las que entran en él, ofreciendo cada una lo mejor que tienen. El relato reside en ellas como lo hace un viajero en las habitaciones de los hoteles en los que se aloja a lo largo de su viaje. Sólo si la experiencia ha sido satisfactoria, el viajero (el relato) volverá al hotel (a la pantalla).

Hablamos de un relato no lineal, que no se mide en capítulos, que no está en una pantalla y tiene su reflejo en forma de extensiones en otras, que no vive en vertical (tv-webserie-app-ebook…) con una jerarquía establecida. Tiene otra gramática, como los webdocs la tienen respecto al documental; y gracias a eso, se lee de otra manera, como algunas experiencias que exploran al máximo las posibilidades del streaming y la segunda pantalla.

 

Es, además, un relato que participa del mundo real y en el que los usuarios también narran, están ahí para escribir sus propias líneas.

¿Dónde decías que estaba el guionista?

Por todo esto –guionistas desconcertados, pantallas desnudas, nueva narrativa- podemos decir que, por primera vez desde 1895, cuando se inventó el cine (el momento en que empezó todo), el relato es el rey. Es lo único que comparten todos los satélites que forman el sistema planetario del mundo digital. Es lo que cose la dispersión de elementos: pantallas, webs, apps, gamificación, ARG… El relato es el común denominador, la unidad mínima, lo que quedaría si el final de “El club de la lucha” sucediera de verdad y se produjera el gran apagón en el planeta Tierra.

Y porque decimos que es el momento del relato, podemos decir también que es el momento del guionista, el momento del narrador. El relato está y tiene que ser narrado. Seguramente no como se ha hecho hasta ahora, desde el fondo del escenario, sino plenamente integrado en la banda, como un solista más, al lado del experto en redes sociales, el diseñador gráfico, el creador de eventos, el jefe de marketing y de todos los que bailan alrededor de la hoguera.

Y entonces llegó la Lewinsky.

¿Cómo termina este cuento? No lo sé, es difícil saberlo. Como dice Carlos A.Scolari, cada época ha tenido su forma de espectáculo –relato- total: la ópera en los siglos XVI a XIX, el cine en el siglo XX… ¿Cuál va ser ese espectáculo en este inicio del siglo XXI? No creo que haya una respuesta ahora mismo, al menos una única. No estamos ante una narrativa formateada, aún no están definidas las reglas del juego.

A la narrativa digital aún le falta su Monica Lewinsky, su clímax para saber dónde quedan las grandes intenciones y cuál es el sitio de cada uno. Y desde luego, el del guionista, -el del narrador-, no es ya, el fondo del escenario.

Imagen: Tomswift46

@ramontarres