¿Y si en vez de educar a los hijos empezamos por los padres?

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Este verano, estando de vacaciones en la piscina del hotel, dos niños que eran hermanos y que tenían tres y seis años se me acercaron. Me habían visto jugar a Pokémon GO así que no duraron ni un segundo y se plantaron a mi lado.

Sin ser un experto en ese videojuego, sí había jugado bastante durante las últimas semanas. Estuvimos hablando durante más de 20 minutos, ya se sabe que a los niños como les guste algo no suelen encontrar el momento de acabar. Los pequeños me trasladaban dudas acerca de cómo se jugaba, yo era nivel 12 por aquel entonces y ellos solo nivel 3. 

– ¿Tienes a Pikachu? – me insistió varias veces el menor de los dos.

– ¿Dónde están los gimnasios? ¿A partir de qué nivel puedo ir?- le interrumpía el mayor.

– ¿Cómo puedo evolucionar los Pokémon que ya tengo? – me decía el pequeño.

Sus padres, tumbados tomando el sol a nuestro lado, me miraban con una sonrisa un pelín forzada. Entonces, empecé a pensar sobre el tamaño de la brecha entre los padres que han tenido la suerte (o han hecho el esfuerzo) por entender los formatos de entretenimiento actuales y los que no. Me vino a la memoria el vídeo que grabé en el Retiro de Madrid y publiqué en mi Twitter en el cual mucha gente estaba jugando a Pokémon GO, en concreto el segundo 55 del mismo en el que un padre le dice a su hijo: 

– Hijo, ¿lo has pillado? – refiriéndose a ese Pokémon raro que hizo que una auténtica marea de gente se desplazara de un punto a otro del parque.

Ese momento exacto del padre y el hijo tuvo muchas críticas en redes sociales, en las que se pudo leer cosas cosas del estilo a “anda que no tendrá cosas mejores que hacer ese padre que jugar a Pokémon GO con su hijo”.

Siguiendo con mis vacaciones, al día siguiente en el hotel, los niños nada más verme en la piscina corrieron a venir a jugar conmigo de nuevo. Volvieron las preguntas sobre el juego de Nintendo: que si cómo puedo hacer explotar un huevo, que si había visto el vídeo en el que Pikachu evolucionaba a Raichu, que si un montón de cosas de dudas más. Ellos seguían insistiendo y entonces me volví a fijar en la cara de sus padres. Éstos me estaban mirando con una mezcla entre: “¿por qué este tío sabe tanto de Pokémon GO?” y “¿por qué no se está quietecito y deja de jugar con mis hijos?”. 

Esto me llevó a pensar: ¿estamos los padres de hoy en día preparados para entender el entretenimiento de nuestros hijos? ¿Podemos decir que hablamos su mismo lenguaje o, simplemente, nos está pillando a pie cambiado?

Por esto, he hecho un pequeño ejercicio sobre algunas de las nuevas formas de entretenimiento que exigen cierto esfuerzo para un padre nacido y crecido en el siglo pasado.

Este sábado se celebró la primera edición en España de Tubecon, un proyecto originario de Finlandia y que ya ha pasado por Suecia y Alemania previamente. Me alegré de que funcionara bien. Vi, de hecho, una buena semilla para algo que no puede sino crecer. Pero me resultó curioso no ver apenas a padres allí. ¿Todos decidieron dejar disfrutar a sus hijos sin ellos o alguno de ellos directamente huyó de intentar entender en qué consiste verdaderamente el fenómeno?

El domingo, viendo el programa ‘Salvados’ de Jordi Évole sobre si estamos enganchados al uso de los smartphones (interesante leer este artículo también al hilo de esto), vi el caso de una adolescente de nombre Belén que decía que “entre clase y clase estamos con el móvil”. Su propia madre decía que estaba cansada del uso abusivo que su hija le hacía al móvil y que ya se lo había quitado alguna vez para darle otro de antigua generación sin internet. Pero la hija le argumentaba que ella no lo quería para llamar ni recibir llamadas sino para conectarse a internet. “Intento ponerme en su mente pero no lo puedo comprender”, decía su madre en un momento del programa. Y puede que aquí esté parte del problema. ¿Puede una persona con esa diferencia de edad ponerse en la piel de la adolescente? Sí y no, respondería yo. Sí porque es un ejercicio de empatía que, sin duda, debe hacer y no porque, por contra, es muy difícil impostar algo que no se ha vivido en primera persona y sobre lo que existen tantos prejuicios.

Incluso la madre se quejaba de que su hija, cuando ambas enfadaban, le bloqueaba en WhatsApp e Instagram para que no pudiera ver si estaba en línea o si publicaba “las tres fotos diarias” que al menos subía la joven a la red social más famosa de fotos. Y un hecho que me pareció clave: aunque la hija no tuviera teléfono porque estaba castigada sin él, ella seguía conectándose y subiendo fotos a sus redes porque se logueaba a sus redes desde los smartphones de sus amigas. “A ellos les llama la atención que a ti te impresione”, decía en otro momento la madre. Impresiona (y mucho) que la labor docente de la madre en un tema que se supone es importante para ella (incluso como para protagonizar un programa de televisión) se limite a la reprimenda y el castigo. A penalizar de una forma –por lo que ella misma contaba- muy poco efectiva.

Cuando a un niño se le castiga sin poder jugar a videojuegos, en realidad es posible que no le importe demasiado porque disfrute igual o más viendo gameplays de sus youtubers favoritos. Aunque tal vez ni sepamos qué es eso. Cuando una madre le dice a su hija “ni Periscope ni hostias” sin indagar demasiado más en ello, tal vez ése no sea el mejor enfoque. Cuando la gente critica a un padre por jugar a Pokémon Go con su hijo tiendo a pensar que es probable que más de uno no haya entendido que quizá ésa es una buena forma de compartir un momento de diversión con un menor en el siglo XXI.

Tal vez no debamos centrarnos en las culpas y sí en la responsabilidad. No se trata de capar a los hijos sino una labor de reeducación en los padres. Esto ha cambiado demasiado como para seguir con los modelos tradicionales. Estar al día es verdaderamente complejo pero es algo a lo que todo tutor se debe auto-obligar.

Como en la viñeta de la cabecera de este artículo, por supuesto que no hay mejor técnica para grabar aplicaciones en nuestro cerebro que el placer de la lectura. “La libertad es una librería”, no recuerdo de quién es esta frase. Pero me pregunto si todo esto no nos ha venido demasiado rápido como para no estar incurriendo en constantes y muy graves errores en algo tan importante como la educación de nuestros hijos.

Alegamos que ellos no entienden aún el funcionamiento del mundo, pero, ¿lo entendemos realmente nosotros? ¿No sería conveniente una nueva educación de los padres para poder hacerlo mejor con nuestros hijos?

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3 comentarios en “¿Y si en vez de educar a los hijos empezamos por los padres?

  1. Me encanta el planteamiento. Habrá que intentar entender lo que les hace gracias a nuestros hijos, que nos enseñen (mientras tengan ganas de jugar con nosotros) para que entiendan que su mundo nos interesa, anque no lo entendamos como lo hacen ellos. Que intentaremos protegerles de lo malo, que disfruten de lo bueno, que aprendan como funciona este contenido, de donde viene, el contexto…en fín, las pautas para que ellos sepan elegir cuando les toque. ¡Que la fuerza nos acompañe!

  2. Pingback: ¿Y si en vez de educar a los hijos empez...

  3. Desde luego que necesitamos educación y mucha, pero ¿quien nos hace de profesor? yo estoy buscando e indagando precisamente en como enfocar el tema con mis tres niños (11, 9 y 7 años imagina) y la psicología y el enfoque tradicional os aseguro que no sirve. ¿alguien sabe de verdad lo que se nos viene encima y las consecuencias de todo esto?? a debatir…

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