Autor: jjmestrep

  • Educar el paladar

    El sábado pasado, y durante la madrugada del domingo, se celebró la II edición del festival Jardín de las Delicias en el complejo deportivo Cantarranas. Un festival en el que hemos participado activamente desde FLUOR Lifestyle, y que a pesar de la amenaza de lluvia y mal tiempo, colgamos el cartel de Sold Out. 

    Aunque sería muy interesante, creo, ahondar en el proceso de posicionamiento y comercialización de un nuevo festival para gente joven y a finales de septiembre en un país en el que a día de hoy se celebran más de 400 festivales al año; este artículo no va a ir por ahí. 

    Quiero ahondar en algo que dijo Rulo (de Rulo y la Contrabanda) mientras le hacía una entrevista. Él creía que el éxito de este festival podía residir en lo ecléctico del mismo, donde comparten cartel nombres como Bely Basarte, Andrés Suárez, Taburete, Rulo y la Contrabanda y Juan Magán. Su reflexión partía del precepto de que la gente joven ya no entiende de estilos, le dan igual; le importan las canciones y pasárselo bien. Y es posible que tenga razón, pero desde que lo escuché no he parado de darle vueltas a la derivada que produce esa afirmación: “y esto ¿es bueno?”.

    Pues creo que no. Porque no entender de estilos es no entender, directamente, el proceso de creación musical, de lo que nos suena ‘bien’ y lo que no. Un oído que no se ha educado en los estilos, la generación y la derivación de cada uno (al menos de los más habituales e influyentes) es un oído que no puede tener una valoración propia y respetable.

    Sirvámonos de la -ya habitual- metáfora del vino. Todos entendemos que una persona poco experta en el mundo de la enología (yo mismo)  no necesita gastar una gran cantidad de dinero ni puede tomar un vino demasiado fuerte porque no entenderá el sabor. Al no tener el paladar educado, no puede alcanzar a valorar los matices y aromas de este vino. Igualmente, al saberme no educado en la materia, habrá poca gente que respete la valoración que pueda hacer sobre una botella u otra.

    En la literatura y en el cine actual, no es difícil descubrir historias que se basan en los mismos preceptos que algunos mitos desarrollados en textos antiguos. Sin ir más lejos, no es difícil encontrar las similitudes entre los hilos argumentales de ‘Antígona’ y ‘Star Wars’, o la relación entre ‘Ulises’ y ‘2001. Una odisea en el espacio’. Entender los mitos aparentes en las diversas obras las enriquece y nos ayuda a construir narraciones cada vez más complejas y elaboradas.

    Igualmente, en pintura y en escultura, por ejemplo, tenemos claro que el concepto de ‘lo bello’ está reconocido universalmente a través de unas guías y patrones de composición, pero ¿y en la música?

    En la música pasa exactamente lo mismo. Para muestra un botón. Y este vídeo lo explica de la mejor forma posible en solo cinco minutos. Sube el volumen y dale al play:

     

    Si cada vez, como decía Rulo, perdemos la conciencia de estilo y la educación se basa en algoritmos generados por y para servir el repositorio de una plataforma, puede acabar sucediendo que nuestras opiniones se homogeneicen y basen en un conocimiento colectivo que tampoco está educado. La verdad es que un vistazo a la lista Top 50 España y entender el fenómeno del ‘Millennial whoop’ parece que confirman mi teoría. Si tampoco te lo crees, espero que te sorprenda este vídeo:

     

    La formación de la educación basada en algoritmos sociales provoca que todos tengamos que dar nuestro punto de vista sobre todos los temas con solo dos opciones: me gusta o no me gusta. Y en base a ese latido social formar el gusto. Es la pescadilla que se muerde la cola. Pero “me gusta o no me gusta no es una valoración”. Esto decía, literalmente, Jaime Buhigas, el otro día, en un delicioso paseo por el Museo Reina Sofía para adentrarnos en El Guernica. Y, desde entonces, creo que tiene razón. Creo que no deberíamos dejar que nuestro gusto se formara en base a dos botones que se pulsan sin un criterio solvente. 

    ¿Os imagináis criterios más cualitativos en las plataformas de música en streaming y sociales? ¿Os imagináis una plataforma como IMDB, Filmaffinity o Librotea para la música? ¿Y que además las usáramos todos? Creo que sería un buen principio para aprovechar lo mejor de la conexiones sociales sin perder la visión holística.

    No sé, Rulo, ojalá que corrijamos esa tendencia de entender solo de canciones y pasárnoslo bien. Espero que recuperemos los estilos y, sobre todo, espero que descubramos el placer de educar nuestro paladar, en soledad o compañía.

     

    Gracias por leer hasta aquí 🙂

    Si no te conformas con el ‘me gusta’ o ‘no me gusta’ y quieres charlar sobre el tema puedes hacerlo en mi LinkedIn o Twitter.

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  • La musa ha muerto

    Imagina una flota de barcos en la bahía de Estambul. Galata a tu derecha y, al fondo, la majestuosa Santa Sofía se muestra sobre el fondo azul. Vuelve a los barcos, ¿dónde están? En el mar, ¿no? ¿Para qué sirven? Para navegar, ¿no? Lógico. 

    Pero esta lógica no es la que aplicó el General Mehmed II el 28 de mayo de 1453 cuando, plantado ante esta misma bahía, decidió sacar los barcos del agua y hacerlos rodar colina arriba y abajo para plantarlos a primera hora de la mañana ante las puertas de Constantinopla. Golpe clave para comenzar la conquista y, por ende, la caída del Imperio Romano de Oriente. A pesar de que, finalmente, la toma de la ciudad se produjo por un golpe de suerte, la famosa Kerkaporta que permitió que los turcos entraran en la ciudad, ¿qué produjo este fantástico movimiento militar que causó el pánico entre el Imperio?

    Desde tiempos inmemoriales la creatividad ha ido ligada a un romanticismo exacerbado, a un impulso místico, a un “no sé qué” que aparece repentinamente para convertirnos en creadores. Una fuerza poseedora que desde el apogeo griego hemos llamado ‘musa’. Grave error.

    Las musas llevan con nosotros prácticamente toda la historia de la creación occidental. Desde aquellas que habitaban en el Parnaso griego, pasando por Roma -donde las Camenas ya ejercían este papel- hasta nuestros días.

    Es cierto que, hoy en día, a nadie se le ocurriría, con el fin de justificarse, decir que no se le han aparecido las musas. Pero el simbolismo que provocan sigue ahí. “No me viene la idea” sí suena como una sentencia cotidiana que nos permite ganar más tiempo para poner en marcha nuestra creatividad.

    “Cuando llegue la inspiración, que me pille trabajando”, valga decir de antemano que no soy quien para rebatir al gran Picasso, pero temo que en esta ocasión no me queda más remedio que discernir. La inspiración no llega. No viene de la nada. Veamos por qué.

    Inspiración, según la RAE significa:

    1. Acción y efecto de inspirar o inspirarse.
    2. Ilustración o movimiento sobrenatural que Dios comunica a la criatura.
    3. Estímulo que anima la labor creadora en el arte o la ciencia.
    4. Cosa inspirada.

    Descartemos la primera y la cuarta por redundantes y la segunda por la falacia implícita. Por descarte, nos tenemos que quedar con la tercera: “Estímulo que anima la labor creadora en el arte o la ciencia”.

    Es decir, bajo esta acepción, supeditamos toda actividad creadora a la atracción injustificada del exterior de unas ideas que solo pueden provenir de nosotros mismos como sujetos creadores.

    Esta idea romántica nos propicia una imagen mental como la legendaria pintura de Rembrandt, Philosopher in meditation, en la que, esperando a la musa, nos convertimos en creadores. Pero la realidad y el análisis histórico dista mucho. Porque la inspiración no viene, se busca, se encuentra, se inspira, se procesa y se trabaja. Picasso, por supuesto, tenía razón en que sin trabajo da igual todas las ideas que barajes en tu cabeza.

    Una historia interesante en la que nos podemos apoyar a estas alturas es la de la creación de tres productos que nada tienen que ver entre sí, pero que cambiaron un poquito el mundo.

    El 31 de enero de 1977 se inauguraba, bajo una gran expectación y polémica, un edificio singular, el centro Pompidou de París. Un icono actual que en aquellos años llegaron a comparar, literalmente, con una refinería de petróleo. La arquitectura, pensada como un diagrama espacial evolutivo dejaba al aire una estructura de hierro y metal brillando en el corazón de París. Como era lógico, este edificio singular no podía dejar indiferente a muchos creadores del mundo y, diez años después, alguien pergeniaba un dibujo basado en la estructura que cambiaría la historia del calzado.

    Era Tinker Hatfield, un joven diseñador de zapatillas de Nike, arquitecto de profesión que, tras un viaje a París, decidió aplicar el mismo pensamiento que se había aplicado sobre el pompidou para crear la primera ‘Air Max’, dejando a la vista parte del interior. Al igual que la construcción parisina, al principio el diseño de la zapatilla no sentó bien entre las filas corporativas. De hecho, provocó que intentaran despedirle más de una vez. Pero, como la historia es sabia, el lanzamiento fue un éxito. ¿Inspiración, copia o influencia colectiva? Vamos a adelantar diez años, otra vez, para ver cómo se repite la hazaña.

    En 1997, Steve jobs regresaba, con un gran reto por delante, a la compañía de la que había sido despedido, Apple. Un año más tarde presentaban su invento más aclamado hasta ese momento, el iMac. Un extraño ordenador diseñado por Jony Ive que, sorpresa, enseñaba las tripas. Un ordenador que consiguió volver a la levantar la reputación y la facturación de Apple y les permitió convertirse en la compañía que hoy conocemos.

    ¿Qué produjo que estos escenarios seguidos por diez años de diferencia se correlacionaran entre sí para cambiar la historia del diseño?

    Como ya podéis imaginar, este no es el único caso en el que la influencia colectiva provoca un cambio de semejantes magnitudes y nos revela la importancia de la influencia del entorno en la formación del individuo. Y es que, los genios, no surgen de la individualidad. Veamos un par de ejemplo más:

    • Da vinci, el genio de los genios, se desarrolló cultural y creativamente en el Quattrocento, una época gloriosa para la intelectualidad europea.
    • La Generación del 27 con referentes como Lorca, cernuda, Guillén, Alonso… creo que no hay que hacer mucho hincapié para demostrar el esplendor de esta época.
    • La filosofía alemana entre 1919 y 1929 cuando cuatro genios cambiaron nuestra forma de entender el mundo en apenas una década. Wittgenstein, Walter Benjamin, Cassirer y Heidegger aparecieron con novedosas ideas en un espacio-tiempo simultáneo.

    Donde hay patrón, no suele haber cabida para la casualidad, pero ¿qué pasa? ¿Por qué cuando un grupo social promueve la creación, esta alcanza su máximo exponente?

    El factor psicosocial se ha revelado en los últimos tiempos como un factor absolutamente determinante de la conducta humana. Cientos de experimentos avalan este punto de vista. Uno de los más importantes es el famoso ‘Rat park’ llevado a cabo por Bruce Alexander en 1978 en el que demostraba la influencia social en el comportamiento. En esta charla, el psicólogo Ramón Nogueras, dota de claridad lo que trato de ejemplificar.

    Sobre esto, tiene mucho que decir el compositor y artista de la electrónica brian Eno. En esta charla, de la cual reproduzco un párrafo, nos deja entrever una realidad que muchas veces hemos dejado de lado.

    “Aunque las grandes ideas suelen ser articuladas por personas individuales, casi siempre son generadas por comunidades. Y lo que veo es el malgasto, el desperdicio que hacemos de esa posibilidad de esa inteligencia cooperativa. Siendo un artista, uno escucha mucho hablar acerca del “Genio”, que implica el proceso de señalar gente individual en nuestra historia y decir ‘esos eran los importantes’, ya sabes, Picasso, Rembrandt, Shostakovich, quien sea. Apenas observas a esos artistas, notas que vivieron y crecieron a partir de una muy, muy, floreciente semilla cultural. Y eran apenas uno de los elementos en esa escena. Toda esa gente a la que llaman genios, en realidad surgió en medio de eso que yo llamo un “scenius” (escenio). Así como genio es la inteligencia creativa de un individuo, escenio es la inteligencia creativa de una comunidad. Y lo que me gustaría ver es más atención hacia esa posibilidad de comportamiento creativo”.

    El señor Eno tiene razón. Y esto ya sí es puramente pragmático y provoca un aluvión de dudas: maestros y maestras del mundo, ¿es su aula un escenio? Padres y madres, ¿es su casa un escenio? Directivos y directivas, ¿es su empresa un escenio?

    Si queremos que nuestras organizaciones crezcan como espacios creativos en los que desarrollar grandes ideas y se de cabida al genio, tenemos que propiciar la creación de escenios, en los que la creación colectiva propulsa la individual. Hecho que de por sí sustenta el sentido de las organizaciones, pero que tan pocas veces cuidamos bien. Procusto tiene la culpa.

    El síndrome de Procusto

    Tal vez, la leyenda de Procusto sea una de las que más me gusta, puede que porque yo mismo la he vivido en persona durante muchos años. Puede que porque cada día intento rebelarme contra ella. Puede que porque aunque tenga miles de años, sigue más vigente que nunca. Pues bien, el mito de Procusto cuenta que este era un posadero que atendía amablemente a los viajeros en las colina de Ática. Humildemente les ofrecía comida y refugio y al llegar la noche, un lecho en el que acostarse. Cuando los viajeros, cansados, se iban a descansar, Procusto acechaba para observar las disonancias de la cama con el huésped. Si este era más grande, serraba las partes que quedaban fuera. Si, por el contrario, era más pequeño, utilizaba una máquina para estirar las extremidades y así amoldar siempre a todos los invitados a las medidas del camastro. En definitiva, es la excelsa metáfora sobre la adaptación de los elementos erróneos al continente inadecuado, y no al revés.

    A pesar de que no voy a contar nada mejor de lo que ya hizo Sir Ken Robinson en la -ya legendaria- charla TED, todavía podemos decir que, en su gran mayoría, ha caído en saco roto. Lo peligroso es que no solo es en los colegios, sino en las universidades, empresas y propios núcleos familiares.

    Cuando intentamos que todo el escenario se comporte de una forma similar, siguiendo unas reglas preestablecidas por la cabeza visibles (padres, profesores, directores…) predeciblemente rompemos la posibilidad de la creación natural de un escenio, cayendo irremediablemente en la monotonía y la mediocridad creativa.

    No se trata de darle más alas a las musas, nada más lejos de mi intención, sino de buscar el desarrollo colectivo fuera de la sistemización de la creatividad, que da pie a la aparición del genio.

    Por todo esto, podemos decir, alto y claro, que hemos matado a la musa. La musa ha muerto, viva el superhombre. 😉

    Gracias por leer hasta aquí.

    PS: la solución al acertijo que planteaba en mi anterior post sería 18, descifrado bajo el axioma: números naturales que comienzan con ‘d’.

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  • Tratado sobre los tocahuevos

    Antes de nada, creo conveniente aclarar el título y la exposición que voy a realizar. A pesar de que voy a utilizar el masculino genérico, entiéndase que por ‘huevos’ me estoy refiriendo a todo tipo de genital masculino o femenino. Y es que a todos, alguna vez, nos han tocado los huevos, tengamos testículos, o no. Por supuesto, también, con ‘los’ tocahuevos voy a referirme a todas las personas, hombres y mujeres, porque el tocahuevismo no entiende de géneros.

    Esta es la causa por la que he decidido estrenarme en este magnífico blog, plagado de grandes profesionales, tratando de analizar y llegar a alguna conclusión clara sobre el tocahuevismo, puesto que es un fenómeno que aparece con cierta recurrencia, y rara es la vez en la que sabemos cómo actuar con decencia o aprovecharlo para sacar algo de valor. Vamos a ello.

    Lo primero, creo, debe ser anotar que siguiendo las ‘Leyes de la estupidez humana’ de Carlo M. Cipolla, los tocahuevos están distribuidos de forma equitativa entre todos los grupos sociales y están dispuestos de tal forma que siempre topes con alguno. Es imposible escapar de ellos. De hecho, es probable que ya estés pensando en una cara concreta, pero si haces memoria, seguro que has topado con muchos más. Tal vez en tu familia haya uno, o en tu empresa, o en tu clase o en el bar en el que desayunas. Valga, eso sí, la pena decir que si, en este recorrido mental, no has encontrado a ninguno, lo más probable es que el tocahuevos seas tú.

    Nada más lejos de mi intención está insultar al afable lector que ha decidido dedicarle unos minutos a leer este post. Por eso voy a intentar quitarle la connotación peyorativa al concepto que aquí nos atañe.

     

    El buen y el mal tocahuevos:

    Sí, existe un buen tocahuevismo, y tenemos mucho que aprender de él. Porque, como perfectamente describe José Antonio Marina en su ensayo ‘La inteligencia fracasada’, lo relevante no es si eres un tocahuevos, o no, sino el uso inteligente o estúpido que decidimos hacer del tocahuevismo. Así, podemos clasificar dos tipos de tocahuevos, como ya anticipaba el título de este apartado:

    • El buen tocahuevos: es aquel que usa el tocahuevismo para dar cauce al pensamiento crítico. He aquí el leitmotiv de este post. Entraremos de lleno un poco más adelante. Sí es obligatorio decir que, a estas personas, son a las que tenemos que reconocer y apreciar. Tanto cuando lo practican con ellos mismo, como cuando lo practican para con otros.
    • El mal tocahuevos: es aquel al que usa el tocahuevismo. El tocahuevismo le usa a él, y no al revés. Es decir, no es capaz de controlarlo como una habilidad que pueda poner en práctica. Una buena traducción podría ser la de ‘Stopper’. Yo lo suelo identificar cuando más de una respuesta en un diálogo comienza con: “No, + respuesta que refleja que no te ha escuchado ni una palabra”. Hay veces que (esto es real) me han llegado a contestar: “No, pero [la misma, idéntica, frase que había pronunciado yo antes]”. En fin… No entraremos en el estudio de este tipo de personajes porque creo que hay poco aprovechable en ello.

     

    El pensador crítico A.K.A. el buen tocahuevos:

    Podríamos definir el Pensamiento Crítico como un proceso que nos permite analizar, entender y evaluar la forma y fondo de hechos o afirmaciones que en la vida cotidiana suelen aceptarse como verdaderas. Y qué mejor que hacer(se) preguntas incómodas para analizar, entender y evaluar un suceso concreto, ya sean datos, guiones, ideas, estudios o cualquiera que sea el ámbito de trabajo del lector.

    Ahora es buen momento para volver a mirar la foto de cabecera con detenimiento y apreciar todos sus matices. Desde luego no ha sido elegida por casualidad. El dichoso personaje ejemplifica perfectamente la idea que quiero transmitir. En la mitad superior refleja el rostro hasta del mismísimo ‘Pensador’ de Rodin, mientras que con la otra mano disfruta tranquilamente de una buena tocada de genitales (desconozco el género del mono). Entiéndase el sentido figurativo, por favor, pero este es, sin duda, el detalle que le falló a Rodin al realizar su espléndida escultura, pues este es, creo, el mejor método para comenzar a pensar.

     

    Las herramientas del buen tocahuevos:

    Este tipo de habilidad no se pone en marcha de forma autónoma. Por eso se arma de preguntas. Cuestiones y datos alternativos, aparentemente sencillos, que esconden mucho y nos permiten ampliar el escenario de análisis y comprensión. Algunas de estas pueden ser: ‘por qué…’, cómo lo podría traducir, ‘qué significa…’, ‘qué aporta…’, ‘qué representa…’, ‘qué quiere decir…’, y vuelta a empezar. Una y otra vez hasta haber desgranado al completo el hecho que queramos analizar, entender y evaluar. Es en este proceso de deconstrucción y reconstrucción de la idea y sus isomorfismos en el que nuestra creatividad se pone en marcha.

     

    Los grandes enemigos del buen tocahuevos:

    • Los prejuicios: el gran enemigo. Los prejuicios son una herramienta natural del Homo Sapiens para poder hacer un gasto energético menor derivado de la actividad mental. Por eso creamos pequeños atajos sinápticos que tantas veces juegan malas pasadas cuando queremos analizar y evaluar en detalle una situación.
    • Las prisas: el Pensamiento Crítico no es algo que vaya de la mano de emplear una gran cantidad de tiempo, pero es seguro que la rapidez se coge con la práctica. En las primeras instancias tendremos que hacer un hueco en la agenda para permitirnos ponerlo en marcha con más detenimiento y, poco a poco, ir ganando agilidad.
    • La pragmática: básicamente porque es el escenario en el que se unen los dos enemigos anteriores. Buscar la cara práctica y evidente nos obliga a ir deprisa y basar nuestra actuación en prejuicios.

     

    Tocahuevos ilustres:

    Claro, no fuera nadie a pensar que esto del tocahuevismo es un invento actual. Este tipo de actitudes se han repetido a lo largo y ancho del planeta desde que el humano lo puebla. Una pequeña muestra:

    • Sócrates era un gran buen tocahuevos. El método socrático, basado en la ironía y la mayéutica, era por definición tocahuevos, tanto era así, que lo enjuiciaron, y acabó muriendo, por esto mismo. Sin duda es una pena el destino al que sucumbió, pero ¿a quién no se le ha pasado por la cabeza, alguna vez, ajusticiar a un mal tocahuevos? Pena que los ejecutores no supieron discernir entre unos y otros. 
    • Nietzsche era un buen tocahuevos: analizó, entendió y evaluó los dogmas de la moral cristiana. Otro al que tampoco le salió barata la jugada ganándose la enemistad de muchos de sus coetáneos.
    • Marx era un buen tocahuevos: también le costó la cárcel, el aislamiento social y la pobreza, pero sus ideas siguen definiendo gran parte de la actividad cultural y política de hoy en día.
    • Banksy es un buen tocahuevos. Sus pinturas y graffitis demuestran una comprensión más allá de la habitual de una realidad concreta.

    Como conclusión, los grandes personajes de la historia, más allá de los que aquí se muestran, que han fraguado su actividad en el ámbito de las ideas, la creatividad y el arte han sido buenos tocahuevos. Está demostrado que es una habilidad que, lejos de hundirnos, nos impulsa como creadores.

    Ahora, si me lo permitís, os voy a tocar los huevos yo. Con permiso.

    Si este post no os ha parecido suficiente, dejo aquí una pequeña tocada de pelotas, para empezar a poner en práctica estas habilidades:

    2, 10, 12, 16, 17… ¿Eres capaz de continuar con la sucesión de números?

    Si te animas con el reto, puedes dejar tus respuesta en los comentarios o vía redes sociales. La solución también la podrás encontrar en mi próximo post. Pista: en el propio texto (párrafo 11) se encuentra el camino que debe seguir el que lo quiera resolver.

     

    Gracias por leer hasta aquí 🙂

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  • No tengo ni puta idea

    Me vais a tener que perdonar los tacos, casi como siempre, pero puede que hoy un poquito más de lo normal. Porque este post tiene un poco de rabia, pero prometo que también tiene algo de reflexión.

    La verdad es que tampoco tengo mucho más que decir que lo que anticipa el título, lo que sí voy a hacer es contaros por qué.

    El otro día celebramos la asamblea anual de este maravilloso proyecto que es Innovación Audiovisual, charlando entre nosotros salieron propuestas de formatos, de contenidos, de ideas en general. A donde voy es que en todo momento salió a reducir un denominador común: no sabemos qué va a pasar. Pensamos que como individuos podemos dar nuestra opinión o reflexionar juntos, pero nunca promulgar dogmas sobre lo que viene o lo que vendrá. Eso me gustó. Mucho. 

    Me gustó porque no hay nada más fidedigno, no tenemos ni puta idea de qué va a pasar, ni con el contenido audiovisual, ni con la comunicación, ni con las marcas, ni con la economía, ni con nada. Igual que hace unos meses no sabíamos que íbamos a pasar tanto tiempo encerrados en casa. Y creedme que en este proyecto hay personas muy inteligentes.

    Durante todo lo que llevamos de cuarentena, no me ha faltado tiempo para ver y leer a chamanes de sofá y sofistas de Happy Meal que dicen saber lo que tenemos que hacer. Toma ya. Con dos cojones. O dos ovarios. Lo que usted prefiera.

    Estos gurús delebles saben lo que las marcas tenemos que hacer. Yo, desde luego, no lo sé, y me juego el sueldo en crear y comunicar una marca, no lo sabe la gente que más estimo intelectualmente, pero ellos sí. Saben cómo va a cambiar la televisión, la educación, la economía, la comunicación, qué coño (o polla), la vida.

    Nada más lejos de la realidad. Si lo supieran solo habría dos opciones:

    1. Lo estarían haciendo ellos.
    2. Venderían el secreto a precio de oro.

     

    Así que prefiero quedarme con las dos opciones más plausibles:

    1. Intentan estafarnos.
    2. Desde la necedad más absoluta creen que lo saben.

     

    Así que eso nos da lugar a una única opción:

    1. No hacerles ni puto caso.

     

    Pero, oigan, no todo van a ser rabietas pseudo infantiles, hay varias cosas buenas en esto. Lo primero es que la identificación de futurólogos de burdel se ha vuelto más fácil que nunca. Punto a nuestro favor. Segundo, esto nos obliga a reafirmar que ‘No tengo ni idea’ hay que decirlo más. Mucho más, de hecho.

    En este sentido, me parece harto curioso que el no saber tenga cierta denotación peyorativa, más aún cuando la historia del pensamiento occidental se fundamenta sobre las bases socrático-platónicas y su famosa -y descontextualizada- aporía “Solo sé que no sé nada”. Tal vez sea culpa de los filósofos helenísticos, pero este es un berenjenal en el que, por salud mental, no nos vamos a meter ahora. 

    Solo un apunte más y cierro el tema helenístico, prometido. Pero es que, siguiendo a los epicúreos, peor sería creer que se sabe sin saber, que reconocerse como no sabedor. Si no creen en los del Jardín, al menos creanle a uno que peca mucho de esto.

    Para más INRI, la lógica básica nos lleva a afirmar lo siguiente -con perdón por la aliteración innecesaria-: si el saber es un juicio, es porque la sapiencia es un concepto mental que solo existe por su contrario, el no-saber. Ojo, voy a usar la forma prestada del alemán ‘kein(e)’ de la negación del sustantivo en la propia palabra (a través del uso del ‘no-’), puesto que expresa con fidelidad lo que intento transmitir. Lo cual no ocurre con el antónimo usual en castellano, ignorancia, que yo mismo definiría como “no saber que no se sabe”. Por ende, si no existiera el no-saber, no existiría el saber. Tanto es así, que la única condición indispensable para que se de el saber, es el no-saber. Solo el que no-sabe, puede llegar a saber.

    A estas alturas me imagino lo que muchos estarán pensando: ¿tiene esto algo que ver con la innovación audiovisual? Pues no. Y sí. Mucho. ¿Por qué?

    Porque para la innovación es imprescindible el no-saber, es más, no tener ni puta idea. No tan rápido, dame un voto de confianza y déjame desarrollar mi propuesta, por favor.

    Para comenzar, si atendemos a la etimología de innovación, descubrimos que esta palabra la forman tres componentes diferentes: el prefijo ‘In-’ (entrar en, estar) el adjetivo ‘nova’/’novus’ (nuevo) y el sufijo ‘-ción’ (acción/efecto). Es decir innovar sería “la acción de crear lo nuevo”.

    Si es así, puesto que ya sabemos que no es posible innovar sin crear, deberíamos entrar, o eso me parece a mí, en lo necesario para dar lugar a la creatividad. Para ilustrarnos, le cedo la palabra a un tipo más listo que yo:

     

     

    Es decir, el proceso creativo comienza con la detección de lo que no vale, de lo que no sé. Vuelve a ser lógica básica. Si la creatividad existe para resolver un problema, es porque no sabemos cómo resolverlo, si supiéramos, no necesitaríamos creatividad.

    Más allá, el mero hecho de la imprevisibilidad de la situación en lo que nos encontramos ahora (un estado de confinamiento mental y físico producido por el terror a un biovirus) pone de manifiesto que, antes, simplemente, teníamos una ilusión de certidumbre, un estado que nos impulsa(ba) hacia un determinismo que, como ya hemos visto, aniquila la creatividad.

    Qué mejor que terminar con una cita de otra persona con más capacidades que yo que, al menos a mí, me ha tenido pensando unos cuantos días. El filósofo italiano Bifo Berardi escribe en su Crónica de la psicodeflación: “Un virus semiótico en la psicósfera bloquea el funcionamiento abstracto de la máquina, porque los cuerpos ralentizan sus movimientos, renuncian finalmente a la acción. […] No hay pánico, no hay miedo. Solo silencio. Rebelarse se ha revelado inútil, así que detengámonos”.

    Hasta aquí llega mi alegato por el no-saber, por la creatividad y el pensamiento crítico, a mi parecer, las únicas guías de supervivencia intelectual a una situación que nos obliga a pensar. Y oigan, ya que nos obliga, al menos hagámoslo con gusto, ¿no?

    Gracias por haber leído hasta aquí 🙂

    PD: Perdonad, de nuevo, los tacos.

    PD II:: Si, por alguna casualidad, crees que tienes la receta del éxito para las marcas, la economía, el contenido, o cualquiera que sea tu especialidad, bloquéame. Si ya me tienes bloqueado, desbloquéame. Ahora vuelve a bloquearme. Disfrútalo.

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