
En mayo fui invitado por el colegio de mis hijas a dar una charla sobre un tema de mi elección y elegí la fotografía. Con un aforo de alumnos de 9 años podía haber planteado la sesión con un iPhone, haber abierto Instagram y haber hecho scroll en varios perfiles pero con esto no les llevaría a la fotografía sino a la tecnología. El día de la charla llené una maleta de cuero con mis cámaras analógicas; la primera, una Olympus Pen EE-3, las dos Nikon F-1, una 6×6 rusa, varias Lomos y un par de aquellas de usar y triar que todavía guardo incluso me atreví con una cámara de fuelle. También metí carretes y negativos, diapositivas y visores, medidores de luz y, con mucho cuidado, unas placas en cristal que disparó mi abuelo. Y triunfé.







