Recuerdo cuando era pequeño como mi padre nos grababa con el tomavistas, una cámara muy peculiar que grababa imágenes con un color muy dudoso en formato cine, película que tenía que llevar a una tienda para revelar, ya que él no era un profesional del audiovisual. Al llegar a casa con el revelado, teníamos que disponer de un proyector y una pantalla (o una pared blanca, o una sábana) para poder disfrutar de esas imágenes que había grabado, toda una experiencia en el espacio y en el tiempo, ya que el recorrido desde que se grababa el primer plano al último hasta gastar el rollo de película, sumado al tiempo de revelado hasta llegar al de proyección, podía ser de meses.









