LOS LÍMITES DEL TRANSMEDIA

Ya han pasado unos cuantos años desde que empezamos a hablar de transmedia. Aunque queda mucho por andar, hoy sabemos cosas que en su momento ni imaginamos, o que eran todavía inciertas. Y hay otras todavía por descubrir. Así que parece que tiene sentido seguir reflexionando del asunto.

Mesa redonda durante el primer Transmedia Living Lab (Madrid, 2011). Fuente: Camon

Los que me conocen saben que me muevo de modo incesante entre la teoría y la práctica, la docencia, y el ejercicio profesional, el análisis y la creación: eso me permite combinar lo mejor de los dos mundos (algo que, como el on y el off, parece que tiende a fundirse, tal y como deseaba en este mismo blog Fernando Galindo hace un tiempo).
Así, cuando se trata de reflexionar, lo hago a partir de un conocimiento directo del mundo en que vivimos, de “lo que pasa en la calle” (lo que puede traducirse en que “no cuento batallitas” o, si lo hago, soy consciente de ello y lo enuncio como una referencia histórica, que tampoco está mal eso de contextualizar). Me ocurre lo mismo cuando ejerzo como profesional: no me limito a hacer, ni a seguir el dictado de “hoy como ayer, mañana como hoy”, por los siglos de los siglos.
Eso me lleva a hacerme preguntas que a algunos pueden parecerles extrañas por inusuales, o aparentemente poco prácticas. Yo prefiero tomármelo como aquel que investiga en ciencia básica, consciente de que por sí misma no tiene ninguna utilidad, pero que sin ella la ciencia aplicada no existiría.
Y así es como llego a este post, preguntándome sobre los límites del transmedia. Estas narrativas, ¿tienen un final o pueden expandirse y crecer eternamente?
Sabemos que hay narrativas monomedia que, como si de un replicante se tratara, nacen con fecha de finalización (que no de caducidad): tiene una duración determinada desde el mismo momento de su concepción. Probablemente el ejemplo más representativo de los últimos tiempos sea The Wire. Antes de empezar la andadura, David Simon, su creador, peleó con uñas y dientes por conseguir un acuerdo que le garantizara la producción de las cinco temporadas. Para él, la serie sólo tenía sentido si podía explorar las distintas facetas que se había planteado tratar (y si podía decir lo que quisiera al respecto, sin miedo a que le censuraran).
También conocemos casos de narrativas monomedia que parecen inmortales, como por ejemplo la australiana Neighbours que (salvo algún parón) lleva en antena desde… 1985!!!
Además, como suele decirse, la multiplicación de formatos y plataformas no hace más que expandir las posibilidades de crecimiento de un relato. Así que, visto el caso de (pongamos) Neighbours, deberíamos concluir que si lo transmediásemos, nos encontraríamos frente a una narrativa potencialmente infinita (¡Quién sabe si eterna!).
Y sin embargo…


Imagen del film Spider-Man (1977) Fuente: Nanopress.it

Al inicio de este post señalaba que sí sabemos algunas cosas. Una de ellas es que toda narrativa es susceptible de ser transmediada. Hace bien poco nos lo recordaba en este espacio Roger Casas-Alatriste.
También sabemos que, para lograr ese salto a la narrativa multiplataforma, podemos hacer precuelas, secuelas y spin-offs (anglicismo con el que se ha popularizado el término “serie derivada”).
Como digo, hace tiempo que le vengo dando vueltas a la cuestión, y he detectado que esa potencial infinitud es, en realidad, una cuerda en la que el relato termina por estrangularse.
Ya hace décadas que Stan Lee (¡Stan Lee!) tuvo que inventarse los “no premios” para reconocer la agudeza de aquellos lectores que detectaban errores e incongruencias en la cronología del creciente Universo Marvel. Y eso que en aquella época, Marvel era fundamentalmente mono-mediática. (Por favor olvidémonos de, por ejemplo, las adaptaciones cinematográficas de Spider-Man de la década de los 70).
Otro caso, todavía más llamativo, es el de DC con sus universos paralelos, básicamente destinados a justificar errores narrativos: si Superman no podía estar en dos sitios a la vez, la cosa se resolvía explicando que el Superman de Tierra-2 había venido a Tierra-1 y por eso, durante un corto periodo de tiempo, en ese universo habían dos personajes idénticos.
El recurso puede gustar más o menos, pero la cosa se desbocó cuando, aún utilizando ese artificio, aparecían incongruencias, lo que llevó a la creación de una Tierra-3 y… ¿Hace falta seguir? Resumámoslo con el conocido “es peor el remedio que la enfermedad”. Lo que, finalmente, llevaría a la creación de la maxi-serie Crisis en las Tierras Infinitas, una manera de poner el contador a cero a base de exterminar a diestro y siniestro.
Y todo, ¿para qué? Para mantener la coherencia narrativa del Universo. ¡Pero a qué precio!
Ejemplos no faltan. Los reboots (reinicio, sería su traducción al español) están a la orden del día. Es una manera de hacer borrón y cuenta nueva, pero eso también pasa factura.
¿Cómo se sienten los fans de Star Wars tras la reformulación de la saga? ¿Quién, si alguien, es capaz de validar lo canónico, y durante cuanto tiempo? Y, sobre todo… ¿podemos mantener el mismo nivel de engagement cuando sabemos que nada es para siempre, que cualquier decisión de una junta de directivos puede borrar de un plumazo esa narrativa en la que llevamos inmersos meses, cuando no años, de nuestras vidas?
Porque no sólo están eliminando una parte del relato, de algún modo ¡están desautorizando nuestros recuerdos más queridos, nuestra memoria afectiva!
Como he dicho, reflexionar únicamente en el plano teórico no me parece útil. De ahí que haya escogido citar ejemplos concretos, para ver qué les ha ocurrido y cómo han reaccionado.
Una cosa más: parecía que tenía sentido la idea de que los relatos transmedia conservan mejor la coherencia si existe una persona que “controla” (dentro de lo posible) las diferentes piezas. Así se había dicho al hablar de Harry Potter o Indiana Jones. Pero, frente a universos en expansión, de dimensiones mucho mayores… ¿Sigue siendo aplicable la misma regla? ¿Funciona?
La verdad es que creo que no. En este caso, la escalabilidad produce fenómenos inesperados o, en todo caso, incontrolables (entre ellos, la fanfiction). Enunciado de otro modo: el crecimiento de una narrativa transmedia tiende al caos.

(NOTA: las imágenes que aparecen en este artículo son propiedad de sus respectivos autores y aparecen acogiéndose al derecho a cita).

“POSVERDAD, MENTIRA Y LIQUIDEZ”

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El pasado mes de noviembre tuvo lugar el primer foro de Innovación audiovisual que se celebraba en Barcelona.
El plato fuerte de la sesión (además hacer público que nos constituimos como asociación) fue una serie de diálogos abiertos entre un miembro de IA y una persona “ajena al sector”. Entiéndase que los perfiles de los miembros que firmamos este blog son muy variados, y que existen muchas profesiones que, perteneciendo a otros campos, entrecruzan sus caminos con el nuestro. (Son tiempos líquidos, con el permiso de Zygmunt Bauman, en paz descanse). En cualquier caso, la intención era clara: ofrecer al público asistente una reflexión diferente sobre las cuestiones que habitualmente tratamos, aportando nueva luz de un modo distendido.
Tuve el placer de romper el hielo entrevistando a Mando Liussi (@mandomando), gran profesional, excelente conversador y mente lúcida donde las haya.
La necesaria brevedad del encuentro hizo que pasáramos por encima de muchos temas que se merecen la suficiente atención como para volver sobre ellos.
De todo lo que allí se habló, tal vez el asunto de mayor actualidad sea el de la posverdad, concepto elegido por el Oxford Dictionary como palabra del año 2106, y término del que nos cansaremos de oír hablar antes de que finalice este 2017.

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Una vieja definición explica que “moda es lo que pronto pasa de moda”. Sea porque hemos hecho extensiva la definición a otros aspectos de la vida, sea por el hábito que hemos adquirido de demandar nuevos estímulos continuamente, sea porque alguien quiere hacerse con el título de creador del concepto más novedoso del momento o sea porque ciertas palabras poseen una viralidad incontenible, el concepto de posverdad nos acompaña desde hace algún tiempo, impregnando titulares, noticias, comentarios y todo aquello con lo que se cruce.
Periodistas y tertulianos lo han adoptado, y parece irremediable que su presencia habitual nos lleve a no plantearnos qué quiere decir. Sí, la cotidianeidad tiene estas cosas: confundimos la proximidad con el conocimiento.
No le demos más vueltas, posverdad es un eufemismo. Y entiéndase bien: un eufemismo mojigato y malintencionado.
Desgraciadamente, no es un caso único. ¿Qué decir de la expresión “políticamente correcto”? O del insultante (para el que lo escucha o lee) “encausado” que ha venido a sustituir a “imputado”, para que nadie se sienta herido (entre los que se sienten en el banquillo).

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Si esos términos se imponen es, entre otras cosas, porque son un reflejo de los tiempos que vivimos.
La etimología de las palabras ya no cuenta para nada. Sin ir más lejos, “políticamente correcto”, que se remonta al siglo XVIII (y que posteriormente haría suyo el Marxismo-leninismo), no se aplicaba del mismo modo en que se hace hoy en día. Olvidada durante un tiempo, la expresión reapareció con un significado ligeramente diferente. Ya no era una simple etiqueta: era una manera de hacer y decir las cosas y, sobre todo, era un veto.
Ahora se considera inaceptable “llamar a las cosas por su nombre”. Dicho de otro modo: no se puede hablar claro porque la claridad, más que comprensible, resulta ofensiva.
Pero… ¿Por qué? Pues bien, porque aún tenemos un resquicio de consciencia que nos recuerda lo que fuimos, lo que queríamos ser, lo que soñamos y por lo que luchamos (nosotros y nuestros ancestros).
Pero tranquilos, eso es fácil de solucionar. Sólo tenemos que darles el suficiente tiempo y recursos y los que obtendrán beneficios de nuestro olvido y estupidez se harán cargo de la situación. Fantástico, ¿no? No más preocupaciones, obligaciones, responsabilidades…

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Creedme o no, pero cuando Aristóteles dijo aquello de que “es más importante ser verosímil que ser cierto”, no existía Internet, ni la posverdad ni se habían formulado las teorías de la complejidad . (Me remito un post que escribí en este mismo blog hace unos meses).
Tampoco existían periódicos en aquella época, y lo de “contrastar la información”, por muy vital que fuera, no creo que figurara en el código deontológico de nadie. Veinticinco siglos después, no sólo vivimos en la era de la inmediatez, también es la era de la estupidez.
Como suelo decir, no quiero que se me malinterprete. No es nostalgia: en todas la épocas se ha manipulado la opinión pública (de un modo u otro, con mayor o menor fortuna). Hoy la tecnología que utilizamos es digital, especialmente representada por Internet. ¿Le vamos a echar la culpa de todo?
¡Qué tentador! Pero no. Permítaseme ser políticamente incorrecto: “La vida, la verdad, es a veces poco consecuente con las estadísticas y menos con los cuentos que pretendidos gurús nos intentan inculcar”.

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La posverdad no es más que una manera ridícula y políticamente bien pensante de decir: “tengo miedo”. O debería decir: otros dieron sus vida para que yo, sin levantar mi culo del sofá, tenga derecho a voto, a una sanidad pública y a otras muchas cosas. La posverdad es la historia que otros (los que se aprovechan) hacen el viaje en mi nombre. Una mordaza que no me enmudece, sino que me convierte en altavoz de mis opresores.
La posverdad, antes repudiada y llamada mentira, a día de hoy se alza y reclama su validez (al fin y al cabo ha sufragado los gastos de la operación “limpieza de cara”). Si queremos tener la conciencia tranquila, ¿qué es más importante? ¿Tener la verdad o la versión pública-oficial? ¿Y si queremos tener el bolsillo lleno? Es una pregunta retórica, claro. La respuesta nos la dará cualquier banco.
¿Qué necesito para ser creíble? ¡Fluidez, fluidez, fluidez!
En conclusión: no podemos fiarnos de todo, y mucho menos de lo que nuestros sentidos nos dicen. Como apuntaba al inicio, vivimos tiempos en los que todo, absolutamente todo, es líquido. Incluso el agua. O eso dicen.

(NOTA: todas las imágenes de este artículo han sido extraídas de la red. Autoría desconocida).

“Lo ideal, lo posible, lo probable y lo real” o “Nadie quiere innovar”

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Busto de Aristóteles. Imagen extraída de http://static3.sobrehistoria.com

Uno va tomando notas sobre cosas que le gustaría publicar: ideas y experiencias que se van acumulando. Algunas se traspapelan, quedan obsoletas o pierden interés. Sin embargo otras, como una pauta emergente, afloran y reaparecen de manera insistente, volviendo a reclamar mi atención, haciéndose visibles.
Hoy quiero compartir una de estas reflexiones que me han llevado a dar largos paseos en solitario, mantener acaloradas conversaciones con amigos y compañeros de profesión en cafés y en la Red y a pasar más de una noche en vela.
El debate surge entre los cuatro escenarios que señala el título del post, y va acompañado de dos conceptos más, muy relacionados con el asunto: la verosimilitud y la contingencia.

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Storytelling, Metáforas y Comunicación de Empresa

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Ilustración de Rea Irvin

No toda nuestra comunicación tiene forma de relato, aunque inconscientemente tendamos a dársela, puesto que de las muchas maneras y formas de comunicar, el Storytelling no es sólo la más antigua, también es la más eficaz. Según demuestran estudios recientes, nuestro cerebro está preparado para almacenar la información en forma de relato.

Nos contamos historias por muchos motivos, aunque uno de los más importantes es “imaginar el mundo”: darle un sentido a nuestro entorno y a lo que nos sucede.
Para ello a menudo utilizamos metáforas, imágenes que ilustran y hacen más comprensible y memorable la explicación.
Aunque toda metáfora es una traducción simplificada de la realidad, cumple su función. Digamos que estamos dispuestos a perder parte del contenido en aras de que el mensaje sea comprensible. Sigue leyendo

Imprescindible: Dilo con tu Propia Voz


Fotograma del film “The Crowd”, de King Vidor

Supongo que todo el mundo conoce esta anécdota apócrifa (o igual debería decir de protagonistas desconocidos, pues por estadística es probable que alguna vez haya sucedido). Cuentan que una madre primeriza se presentó muy preocupada ante el pediatra, con su criatura en brazos. El bebé ya tenía más de dos años y la mujer estaba desesperada: el niño aún no había dicho ni una palabra.
El médico se recostó en su sillón y observó durante un rato al paciente, que ajeno al interés que despertaba, gorgoteaba y lanzaba patadas y manotazos a cuanto objeto se ponía a su alcance.
El médico, con gran solemnidad, tranquilizó a la mujer diciéndole: “Señora, puede usted estar tranquila. Su bebé está perfectamente. Antes o después, todos aprenden a hablar. ¿O acaso conoce usted a algún adulto que no lo haga?”
La anécdota acaba aquí. El mensaje resulta evidente: más pronto o más tarde, todo el mundo aprende a hablar (salvo que exista alguna disfunción grave, que por fortuna es en la minoría de casos).
Con esto en mente, pasemos por un momento a otro punto.

A menudo nos olvidamos de que cuando hablamos de audiovisual, nos referimos a una pieza que está constituida por eso mismo: por sonido e imagen, que comparten importancia a partes iguales. Esto es algo que, aunque parezca evidente, la mayoría de la gente suele ignorar.
En este mundo en el que vivimos en el que, por poner sólo un ejemplo, Youtube es el segundo buscador online; parece que el sonido no resulta tan relevante.

Created by Mushroom Networks

Cuando se habla de la importancia del audio, a veces se tiene la sensación de que se hace para acallar las quejas de los profesionales que se dedican al mismo, como si del hermano pobre se tratara. Y no, no es así.
A menudo olvidamos que el oído es un órgano sensible de gran sutileza. Si nos centramos en una película, la construcción del universo sonoro aporta una riqueza de matices a la que difícilmente la imagen podría lograr por sí sola. Si alguien lo duda, que realice la prueba: visione cualquier película que considere “buena” y reduzca el volumen a cero. ¿Resultado? La película nos parece mucho peor.
En primera instancia podríamos pensar que eso se debe a que, al no captar los diálogos, nos perderemos parte de la trama. No es así. El llamado “cine mudo” ya había resuelto de un modo magnífico un discurso visual pleno, en el que no hacían falta ni cartelas explicativas, (De hecho, lo habían resuelto mucho mejor que muchas de las producciones de hoy en día).
Lo que verdaderamente ocurre cuando prescindimos del audio de una película es que despreciamos eso que se denomina “el universo sonoro” del film. Sí, por supuesto está la banda sonora, aunque sobre todo lo que se echa en falta es ese conjunto de sonidos ambientales que envuelven al espectador y que, gracias precisamente a la naturaleza del sentido auditivo, suelen penetrar de un modo inconsciente en la mente del espectador.
Si hacemos este simple experimento comprobaremos el verdadero valor del sonido.

A lo que íbamos (y retomando la anécdota inicial de este post): el sonido es importante, y todo el mundo, antes o después aprende a hablar.
Vivimos en un mundo de imagen, aunque también es un mundo de marcas. Mi reflexión apunta en esa dirección. ¿Podemos extrapolar lo dicho anteriormente y pensar que todas las marcas, antes o después, aprenderán a hablar?
Imaginemos que sí.

El problema no es tanto si, como temía la madre primeriza, las marcas aprenden a hablar o no, sino cómo lo hacen. Fijémonos que el pediatra no entra en matices respecto a la calidad de lo dicho ni a la capacidad comunicativa del discurso de los parlantes.
Se puede hablar y no decir nada (aunque como nos recuerda la PNL, siempre comunicamos), o peor aún, decir algo de tal manera que se tergiverse, no por mala intención sino debido a una expresión deficitaria.

Tengo la sospecha que durante mucho tiempo las marcas no han hablado por sí mismas, sino a través de interlocutores, intermediarios o traductores. Me explico, las marcas (los anunciantes), han recurrido siempre a agencias de publicidad para que éstas elaborarán su discurso y lo hicieran atractivo.
No estoy hablando de que profesionales del sector les ayudaran a expresar con propiedad aquello que querían comunicar, sino a que, directamente, les han cedido su voz a terceros, pensando que la voz de estos era mejor que la propia.

No hay dos marcas iguales, como no hay dos personas idénticas, (parecidas sí, pero no iguales). Dicen que “el diablo está en los detalles”, y es precisamente ahí donde tenemos que buscar la identidad y la verdadera naturaleza de la marca.
Hace poco tuve ocasión de evaluar un spot realizado por una gran agencia de publicidad para una marca de prestigio internacional. Mi respuesta fue tan breve como clara: “técnicamente es impecable, pero no representa a la marca para nada”.
Aquella era una pieza audiovisual realizada con todo tipo de medios y, como digo, con una factura excelente. (Espero que se entienda que mantenga los nombres en el anonimato, más aún cuando lo que quiero decir se entenderá igualmente).
El problema es que la técnica (el estilo, el storytelling, si se quiere), era un estándar. Sí, de gran calidad, pero un estándar aplicable a cualquiera y, por lo mismo, inútil para todos.
Aquel anuncio privaba a la marca de su propia voz, de su personalidad, y convertía al producto y la empresa en una figura más entre la multitud de marcas que se anuncian a diario.

Imagen de “The Buster Keaton Crowd” en el San Francisco Silent Film Festival. Photo de Tommy Lau

El último ejemplo sobre lo que digo se me presentó hace pocos días, cuando vi el último spot de la Fundación “La Caixa”. Esta pieza forma parte la campaña “Imprescindibles”.


Vídeo oficial de la campaña “Imprescindibles”

Tratándose de una fundación con finalidades benéficas de corte humanitario, habiendo enfocado la campaña como un homenaje a aquellas personas que dedican su vida a ayudar a los demás, y habiéndose tomado la decisión de que sean los propios homenajeados quieres aparezcan en pantalla, parece que todo debería ir bien.

Es evidente que la idea original es dar voz a los miembros de las organizaciones, y a través de ese aporte de verismo, obtener mayor cercanía y credibilidad. (Eso no es un problema: se puede hacer un casting entre los participantes sin necesidad de recurrir a actores profesionales).
Aquí parece que tiene sentido que la marca (Fundación “La Caixa”) ceda su voz a terceros, o adopte como propia la voz de éstos. Hasta aquí no veo ningún inconveniente, pero…
Efectivamente: todo el que haya visto el spot se habrá dado cuenta de lo impostado que resulta el audio, algo que a mi entender elimina todo el potencial que tenía la propuesta.
Tan terrible como escuchar a alguien doblado (esa lacra que el mercado audiovisual español no logra quitarse de encima), digo, tan perjudicial como eso, resulta el darse cuenta de que la persona que nos habla no utiliza sus propias palabras: que recita, como un estudiante aburrido, unas líneas que otro ha escrito para él, y que no comprende, que no le importan o que, en el mejor de los casos, comparte pero nunca expresaría de ese modo.

Como decía el pediatra, todo el mundo, antes o después, aprende a hablar. Otra cosa es que lo haga con propiedad y con su propia voz. Puede que ése sea un primer paso a dar por las marcas, si quieren que el Branded Content que generen llegue a su público.

(Nota: las imágenes utilizadas se acogen al derecho a cita y sus propietarios aparecen debidamente acreditados)

“The Killer Inside Me”, una de cachiporrazos

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Fotografía de la manifestación a favor de la libertad de los titiriteros detenidos en Madrid. Imagen de Galiza Contrainfo bajo licencia Creative Commons

Aki Kaurismäki y los posts de actualidad
En unas declaraciones a una revista de crítica cinematográfica, el finlandés Aki Kaurismäki decía que no iba a los estrenos cinematográficos y que, en realidad, no veía ninguna película reciente (término que para él abarca varias décadas). Dicho así parece una boutade, pero lo cierto es que una vez expuesto su criterio no resulta tan absurdo.
Kaurismäki señala que, si una película aguanta el paso del tiempo, probablemente debe tener algo de interés y si no, no. Gracias a este curioso criterio de selección evita perder tiempo viendo obras intrascendentes, olvidables o, simplemente, mediocres. (¿Cuántos films galardonados y ensalzados por el público y la crítica del momento se han marchitado con el paso del tiempo, demostrando que su éxito era más fruto de las circunstancias que de la valía de la obra?) Sigue leyendo

El Cine como Experiencia (y III – Nuevos Territorios Cinematográficos)

En la primera parte de este artículo repasé el impacto del cine desde su aparición, su expansión y máxima etapa de esplendor, hasta desembocar en el cambio de siglo, momento en el que se evidenciaba que el cinematógrafo también llegaba al final de una etapa.

En la segunda me centré en la asistencia a las salas como experiencia comunitaria, a través de algunos ejemplos recientes, entre la reinterpretación y la nostalgia.

Con la tercera entrega llegamos al final de esta reflexión, y quiero hacerlo (sin apartarme de la idea vertebral de la experiencia), adoptando el punto de vista del cineasta, porque el cine es, ante todo, un acto creativo.

No voy a caer en la consabida idea de “la llegada de lo digital ha democratizado el cine”, aunque resulta innegable que nunca antes fue tan accesible. Esto no deja de formar parte de una evolución tecnológica continua: la Nouvelle Vague  no habría existido si, entre otras cosas, no se hubiera producido una importante reducción del peso y tamaño de las cámaras de cine.

Jean-Paul_Belmondo_Jean-Luc_Godard_tournage_film-a-bout-de-souffle_camera_main_01 Sigue leyendo

El Cine como Experiencia (II – Refugios cinéfilos)

 

Rocky Horror Picture Show Midnight Showing, Englert Theatre, Iowa City, October 27, 2012 (Justin Torner/Freelance)

Rocky Horror Picture Show Midnight Showing, Englert Theatre, Iowa City, October 27, 2012 (Justin Torner/Freelance)

foto extraída de Odyssey

Comentaba en la primera entrega de este texto que, más allá de la aparición de la televisión y el video, fue la llegada de las consolas y los videojuegos la que mostró a las generaciones más jóvenes un modelo de imagen diferente y, sobre todo, un nuevo tipo de experiencia.

Los contenidos cinematográficos generados por la gran industria norteamericana sufrieron un cambio cualitativo: eso fue tras el descalabro del cine monumental de los años sesenta (que llevó a la quiebra a más de un estudio) y la producción errática de los setenta (un vano intento de atraer a las salas a la generación del 68, el Flower Power  y la guerra de Vietnam).

La combinación resultaría explosiva. El cine se convertía en un divertimento (entertainment) vacuo: la profundidad psicológica de sus mayores éxitos no supera la de una piscina infantil. (No exagero: ahí están los films para comprobarlo).
Dicho de otro modo: aunque el cine como medio no cambió, si lo hizo el mensaje y la experiencia que como usuarios obteníamos de él.
El cine dejó de ser trascendente. Y aquí utilizo el término en un sentido amplio, sin necesidad de alcanzar las cotas con las que lo aplica Schrader cuando habla de la filmografía de Dreyer, Bresson y compañía. Sigue leyendo

El Cine como Experiencia (I – Los palacios del cine)

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foto de Landscape Film Festival

Para los amantes del cine, y sobre todo para los que crecimos en un momento en el que (a pesar de la aparición de los magnetoscopios caseros y la proliferación de video-clubs) el cine fotoquímico aún no imaginaba su destino, cada cierre de alguna sala supone un duro golpe, no menos duro por repetitiva que sea la noticia.

No obstante, no es mi intención entonar un lamento “a la Manrique”, a pesar de la buena acogida que tiene en España, vista la facilidad con la que se recurre a él. No creo que la simple queja aporte nada constructivo, ni que en realidad tenga que ver con el mundo del cine (de origen e idiosincrasia muy diferentes). Olvidemos ese “cualquier tiempo pasado fue mejor” y afrontemos la tarea de comprender lo que está pasando. Sigue leyendo

El Gordo, E.T. y otros despropósitos narrativos

IMG_0268Imagen de @imastranger

Fechas, ritos y celebraciones
Se acabó el año, y con el tañer de las últimas campanadas muchos se apuraron a completar su lista de enmiendas para 2015. Forma parte de la tradición, y más que eso. Aunque la mayoría lo haya olvidado, se trata de un rito, de parte de la celebración del duelo por el año que se nos va: como se supone que no podemos cambiar el pasado, nos prometemos reformar el futuro, que aún está por escribir.
Dicho de otro modo: los buenos propósitos para el mañana siempre se construyen sobre las malas costumbres del presente. Y es que los hábitos nunca se abandonan; se sustituyen por otros nuevos, que pasan a ocupar el lugar de los primeros. Sigue leyendo