
Emulando a Carlos Alsina en el arranque diario de La Brújula, “les voy a decir una cosa”: hasta que sean habituales los vehículos capaces de guiar de manera automatizada nuestros desplazamientos, la única distracción mediática compatible con un conductor responsable –el GPS no cuenta, ni siquiera cuando la voz de la señorita se empeña en circular en dirección prohibida– sigue siendo la del más veterano de los medios audiovisuales: la radio.
Sí, la radio, porque ni la contundente omnipresencia de la imagen ni esos deslumbrantes dispositivos táctiles convertidos en iconos de la era digital han logrado desterrar el que en su día fue denominado medio invisible, altavoz mágico y hasta ¡tambor tribal! La radio, tantas veces condenada ante la efervescente irrupción de nuevos soportes –agoreros Buggles–, y sin embargo tantas veces reinventada para adaptarse a los cambios tecnológicos y sociales, afronta hoy su plena y efectiva transición al entorno multipantalla. Con lentitud. Carente de un marco regulatorio efectivo. Y sin ‘apagón’ hertziano, pese a que el DAB –difusión digital terrestre homóloga a la TDT– es una realidad técnica y jurídica desde hace 15 años.
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