Hoy es 26 de abril. O no, pero me vale para este ejemplo. Mi madre cumple años y se me ha pasado…una vez más. Le encantan los claveles. Rojos. De siempre. Las pocas veces que me acuerdo le regalo un ramo de claveles rojos. No son unos claveles rojos cualquiera…son únicos. No tengo ni idea de porqué, pero sólo se pueden comprar en la floristería de mi amiga Susana. Ningún sitio más que yo sepa los tiene igual de perfectos.

Concha, mi cuñada, suele tener mejor memoria que todos los hermanos juntos (suele pasar, ¿verdad?) y, además, es bastante más responsable que los demás. Ella ha pensado: “es el cumpleaños de mi suegra y sus hijos no se han dado cuenta”. En mi Whatsapp he recibido un mensaje suyo: “espabilad huevones, es el cumple de vuestra madre”. Al ver el mensaje, he pensado las palabras “mamá” y “cumple” y nada más. Al poco, mi madre ha recibido en el salón del restaurante de Plasencia donde felizmente lo celebra con mi padre, su ramo de claveles rojos perfecto.
Hasta ahora sólo hemos podido usar algunos sentidos para transmitir órdenes precisas a los diferentes interfaces con los que nos hemos ido relacionando. En realidad habría tres grupos de sentidos, los que sólo reciben: ojos, oído, olfato y gusto; los que dan: voz (¿es la voz un sentido?) y apariencia física (recursos biométricos: huellas, retinas…) y los que dan y reciben: tacto. Esta limitación para expresarnos limita claramente al ser humano a tener que relacionarse con los objetos a través de toda esa serie de dispositivos artificiosos y poco amables para muchos como son los ordenadores o los smartphones.
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