No es sencillo escribir un 31 de julio con el tubo y las aletas en el pasillo mirándote impacientes y susurrando: “vamos…vamos…playaaaaaaaa”. Aún así, quiero sacar un último estertor de reflexión antes de ir a visitar a mis amigos pulpos, centollos y demás amigos de las Rías Baixas con quienes disfruto mis tiempos de calma agosteña.
Me calienta la cabeza una idea. Otra. Tiene que ver con la producción audiovisual de foto y vídeo en 360º y, obviamente, con la Realidad Virtual.
La realidad Virtual es la pera. Por supuesto que sí. En sus propuestas se encuentran cosas alucinantes: videojuegos, herramientas de diseño, educación on line inmersiva…, incluso, psicoterapias asociadas a engañar al cerebro para que personas con minusvalías físicas vuelvan a tener sensaciones de control sobre los miembros de su cuerpo afectados. Pero todo ello, o casi todo, se asocia a imagen sintética, a imagen creada a propósito para cada fin. Imagen controlada al fin y al cabo, y como tal, insisto en que todo me parece no bien, sino nivel top.
Pero la Realidad Virtual también trae consigo la producción de la imagen real en 360º. Fotografía y vídeo en 360º. Y aquí la cosa cambia. Sigue leyendo





