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Probablemente habréís escuchado alguna vez que “en el mundo de la televisión ya está todo inventado”. Lo han afirmado ilustres profetas del audiovisual como Chicho Ibáñez Serrador o Carlos Navarro, “El Yoyas”, entre otros.

Recuerdo que tal cosa ya se afirmaba en el sector durante los años 90. Y luego llegaron los “reality shows” y, para bien o para mal, lo pusieron todo patas arriba, como debe ser. El 20 de julio del año 2000 (sí, hace ya 14 años) se emitió el último programa de la primera edición de Gran Hermano y alcanzó unos datos de audiencia apabullantes: un 70,8 de cuota de pantalla con 9.105.000 espectadores. Cifras sólo al alcance de contenidos de excepcional interés como la reciente final del Mundial de Futbol en Brasil con un 64,9% y 10.693.000 espectadores.

Actualmente disponemos de unos medios y una tecnología que nos podrían ayudar a reinventar de nuevo la televisión y hacerla muy distinta a como la conocemos: más completa, más social, más interactiva. Pero ¿estamos aprovechando esta oportunidad?

Ya defendí en un artículo anterior que me parece injusto afirmar que el espectador de televisión es pasivo. Si le proponemos interactuar con los contenidos y lo hacemos de la forma adecuada, probablemente nos llevemos una sorpresa. Los propios formatos de telerealidad ya explotaron en su momento la participación de la audiencia que podía decidir con sus votos el futuro de los concursantes y no les fue nada mal.

Dándole un poco más la vuelta a la tuerca, en Israel han creado el formato “Rising Star”, que a priori podría parecer el enésimo “talent show” musical. Pero “Rising Star” se toma muy en serio la participación de los espectadores y de hecho es un formato interactivo des del minuto cero. Los concursantes deben actuar en un plató solitario y frente a una fría pantalla gigante que muestra las caras de cientos de espectadores, como una representación metafórica de los miles o millones de espectadores que van a juzgar su talento. Y lo harán en directo, a través de una aplicación para móviles, con la que darán al concursante su voto favorable o desfavorable. Mientras el concursante interpreta su canción, en pantalla aparece en tiempo real la evolución de las votaciones de los espectadores, ahora convertidos en jueces. Si no consigue un índice de aceptación superior al 70%, su particpación en “Rising Star” habrá finalizado. Si lo logra, la pantalla gigante se elevará y el concursante se encontrará ante un público real, de carne y hueso.

El formato se ha vendido ya a un montón de cadenas de televisión en todo el mundo. En España lo emitirá Antena 3 y en Estados Unidos lo empezó a emitir hace pocas semanas la cadena ABC.

El formato gustará más o menos, pero hay que reconocerle una clara vocación de ser al mismo tiempo interactivo y mainstream. Dos conceptos que podrían parecer antagónicos pero no lo son. Porque la gracia de “Rising Star” es precisamente que la participación de los usuarios es simple, fácil, al alcance de cualquiera. Y, lo más importante, las votaciones de la audiencia son una parte esencial, indisociable del formato.

De ahí podemos sacar algunas lecciones. No es lo mismo “añadir” la interactividad a un programa de televisión ya totalmente definido que plantearse la interactividad como un aspecto esencial del formato desde su origen. Justo lo contrario a lo que suele ocurrir, salvo honrosas excepciones, en la indústria de la televisión.

“Rising Star” nos demuestra que es posible y que los formatos interactivos no son ya el capricho de unos tipos raros que quieren “experimentar” y ser más modernos e innovadores que nadie. Tenemos a nuestro alcance todo lo necesario para inventar nuevos formatos de televisión que integren la interactividad, los elementos transmedia y la participación de los espectadores de forma natural.

De todos modos, mucho me temo que no serán las cadenas de televisión ni las productoras de toda la vida las que van a inventar los nuevos formatos audiovisuales del siglo XXI. Más bien apuesto a que la aparición de nuevos formatos llegará de fuera de la industria. Lo estamos viendo ya en YouTube, con los llamados “youtubers” creando contenidos que difícilmente un programador de TV aprobaría y que, sin embargo, son seguidos por cientos de miles de usuarios. En este caso la interacción con los fans está en el propio ADN de los creadores del contenido.

También encontramos cierto grado de interactividad en algunas webseries, aunque en mi opinión (podéis empezar a criticarme), la mayor parte de ellas se limitan a producir y publicar sus vídeos en internet, con lo que en cierto modo están reproduciendo los patrones de la TV convencional, aunque en un entorno distinto y por supuesto con presupuestos más reducidos o simplemente inexistentes. Pero me sorprende que tratándose de un contenido especialmente creado para ser consumido en la red las webseries no estén aprovechando las múltiples posibilidades de un medio 100% interactivo.

Aunque apuesto claramente por la creación de formatos de TV interactivos, debo decir también que en la televisión convencional la interactividad no debe llegar al extremo de ser una obligación para el espectador. Si alguien quiere simplemente “ver” un programa de TV interactivo debe poder hacerlo y disfrutar de la experiencia. Pero para aquellos que decidan ser espectadores activos, la experiencia tiene que ser aún más gratificante.

Este es el reto. No es fácil y nadie sabe cómo hacerlo para que sea un éxito. Está todo por inventar. Y esto es precisamente lo que lo hace tan apasionante.

 

Photo Credit: Alba Soler Photography via Compfight cc

@fclavell