Cuando El Rubius intenta ligarse a la señora de Cuenca

power by Breno Peck

Esto que así dicho suena como cuando el dependiente de la tienda de comics se lía con la madre del director Skinner en Los Simpsons, no es más que una metáfora; la utilización simbólica de dos totems casi opuestos, de los paladines de mundos antagónicos… en definitiva, una forma más original de preguntarse ¿Pueden los contenidos o personajes de éxito en la red triunfar en la TV tradicional?

Ya en la prehistoria de Youtube, la Sexta se fijó en él para conformar la parrilla de la entonces recién nacida cadena. Eran los tiempos de “Que vida más triste”, una webserie de éxito en la red que se convirtió en una serie de cierto éxito en TV. Parecía que el tránsito de un medio a otro era lógico y posible, las cosas pintaban bien… bendita inocencia.

Poco tiempo después, en los albores del fenómeno Youtuber, Antena 3 apostó por la conocida Isasaweis para trasladar sus tutoriales online de belleza a la pequeña pantalla; a priori parecía un contenido ideal para su target, pero el experimento no cuajó como se esperaba y apenas dejó rastro de su paso por TV.

Paralelamente, el camino contrario parecía funcionar mejor: algunos contenidos que en la tele tenían un público minoritario funcionaban como un tiro en la red y acababan por relanzar la carrera televisiva de sus protagonistas. Éste fue el caso, sin ir más lejos de Joaquín Reyes y el resto de los “Chanantes”.

Y entonces llegó Twitter y se empezó a hablar de social TV. Aun hoy es habitual ver el mal uso de este concepto que acaba reducido a cadenas poniendo hastags sin ton ni son; acciones que no van a ningún lado porque no buscan la verdadera integración de contenidos ni el aporte de valor añadido al espectador.

Sin embargo, también ha habido casos de éxito en este campo: en entretenimiento destacan “La voz”, por saber crear un canal de comunicación bidireccional, y “Quien Quiere Casarse Con Mi Hijo”; en este último caso y a pesar del fenómeno social en que se ha convertido el programa, yo hablaría de mal ejemplo ya que el éxito no viene creado por el programa sino que se debe a la acción arbitraria de un par de tuiteros influencer que originan una corriente de comentarios que, aunque negativos, terminan por dar mucha audiencia al espacio. Desde el canal y la productora se limitan a aprovechar la moda “tróspida” y a reenfocar los contenidos del programa hacia la mofa, pero en ningún momento tratan de integrar a estos creadores de opinión social en su equipo.

Dentro del mundo de la ficción, la serie “El Barco” marcó un importante tanto con la invención de sus twittersodios; contenido que alcanzó gran éxito y supo conectar a la perfección con el target del producto.

Todos estos casos pueden considerarse éxitos o fracasos según quien los mire. A diario los que escribimos en este blog tratamos de hablar sobre la vanguardia del audiovisual, de acercar a los lectores lo más novedoso del sector y arrojar algo de luz a caminos que apenas han sido transitados por nadie. No obstante, conviene no olvidar que gran parte del mundillo no está tan preparado para afrontar estos cambios (baste como ejemplo el desastroso amago de apagón de frecuencias de canales que hemos vivido este pasado diciembre) y que, en ciertas ocasiones, la innovación supone ir encarando poco a poco cosas que para nosotros ya están más que trilladas.

En una de esas lides esas me veo ahora, y me está sirviendo para reflexionar mucho en torno a este curioso matrimonio entre contenidos de Internet y contenidos de TV. Os pongo en antecedentes:

Actualmente formo parte del equipo de un programa de Canal Sur. Estamos hablando de una cadena autonómica de naturaleza “viejuna” (por estética, tipo de contenidos y target de espectadores) pero que siempre ha funcionado bien. Ahora, no obstante, lleva meses cosechando las cuotas de audiencia más bajas de su historia y viene de meter el que posiblemente sea el patón más gordo de la tele en lo que va de siglo XXI. Los directivos quieren ir cambiando todo esto y dan luz verde al programa en el que trabajo.

A la hora de conformar equipo, cadena y productora apuestan por gente de perfiles distintos a los habituales en este ente público: buscan un director de cine con experiencia realizando videoclips y publicidad, guionistas bregados en ficción, late night y con conocimientos de nuevos formatos narrativos (esto último me lo atribuyo nada humildemente a mí mismo, jejeje), se construye un decorado que rompe con la imagen habitual de la cadena y para el elenco artístico se piensa en incluir a un par de youtubers incipientes que puedan enganchar a público joven; en concreto se pone esperanzas en uno que ha logrado bastante tirón en poco tiempo (300 mil seguidores en Facebook y que publica un video diario con una media de reproducciones de entre 200 y 800 mil).

Una vez más, se intenta el mencionado trasvase de la red a la TV. Aunque llevamos pocas semanas en emisión, éstas son mis conclusiones tempranas respecto a la operación:

1) Los usuarios de Youtube e Internet no se van a ir a la TV sólo porque salga en ella su personaje favorito de la red. Ellos están acostumbrados a tener el poder, a ver a ese personaje en donde quieren, cuando quieren y el tiempo que quieren. Ya no es sólo lo distinto que sea el formato en que se les ofrece el contenido, es que nunca se van a chupar un programa de 2 horas en un horario fijado por terceros para ver los 5, 10, 15 o 20 minutos de protagonismo que tenga su ídolo. No funcionan a base de imposición y, admitámoslo, nuestra tele es aun hoy día un 90% imposición.

2) Si la TV usa contenidos y personajes de éxito en la red debe que hacerlo con las normas y el lenguaje de la red. Un tipo ofensivo y mal hablado en Youtube no puede presentarse en televisión de forma descafeinada y blanqueada para que no ofenda a nadie. Esto no sólo no atraerá internautas al programa sino que creará una corriente de críticas de los fans del personaje hacia el show.

3) La gran mayoría de cadenas de TV aun no quieren que el público les diga lo que piensa. Saben que en las redes sociales pasan cosas y quieren estar presentes, pero para hablar ellos de sí mismos en vez de escuchar proactivamente a su audiencia y aplicar lo que les dicen.

4) Como consecuencia del punto anterior, muy pocos directivos y productores ejecutivos analizan lo que se dice en la red sobre sus programas.

Como quiera que ésta no es mi primera experiencia traspasando contenidos (hace años ya incluimos a los creadores de una de las webseries más importantes del país en un programa que subdirigía) le he dado bastantes vueltas a cómo hacer funcionar esta fórmula. Mi reflexión básica es la siguiente: si la tele quiere nutrirse de contenidos y personajes de la red, vale; pero siempre será mejor usarlos para retroalimentar la red, para volcar contenidos creados desde la percha del programa o serie y ser consumidos en la red. Se trata de un planteamiento más transmedia en el que no te llevas a los creadores de contenidos web a la tele, sino que los dejas en internet creando contenidos para la marca del programa.

Porque no olvidemos que cada día el medio o la pantalla importa menos y que aquellos que quieran triunfar en el entretenimiento audiovisual del futuro deberán ser capaces de hablar todos y cada uno de los distintos “lenguajes hermanos” para ofrecer contenidos de calidad independientemente de donde de emita, proyecte o reproduzca. 

Foto: Breno Peck

 

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