No es ningún secreto que los países del norte de Europa son los que están ofreciendo mejores soluciones audiovisuales al proceso de desazón que está viviendo el mundo televisivo tradicional. La emergencia de las mejores series de ficción televisivas europeas parten de Dinamarca y Suecia con asociaciones puntuales al sello británico, que sigue intentando conservar su hegemonía en el ámbito del prestigio televisivo.
También se puede detectar esa creatividad en el ámbito de los formatos televisivos. La denominada «slow TV» es un ejemplo de como ciertas televisiones están innovando o recuperando formas de relación con sus espectadores rompiendo los moldes tradicionales que limitan lo que es y no es televisión.
Se trata de una televisión que emite lo que ve, utilizando el sonido ambiente y evitando editar las imágenes. Un capítulo de un programa slow TV puede durar dos, tres o siete horas, en función del contenido, y así se emite: sin atajos narrativos, siguiendo el tempo real.
Si alguien desea saber más sobre este fenómeno y de sus recientes experimentos en Noruega, es de obligada lectura el post que apcapelli publicó en esta misma casa titulado «Slow TV».
Tim Prevett —un experto en la materia, autor del reportaje The Damned Cow— considera que el éxito de este formato reside en el proceso de inmersión que experimenta el espectador.
La televisión pública inglesa lleva un tiempo jugando con este formato. Ha emitido programas dedicados a procesos artesanales relacionados con la creación de objetos de vidrio u ornamentaciones de hierro, y ha intentado emular los formatos noruegos de viajes con la emisión de un recorrido por el canal Kennet and Avon de dos horas y media.
¿Se trata de un mecanismo de defensa de la televisión tradicional a la competencia que está surgiendo en internet y las plataformas móviles, o simplemente de un nuevo formato, barato e ideal para un público pasivo de cierta edad?

