Cada mañana la mayoría de nosotros nos levantamos dispuestos a darlo todo: esa ducha y ese café nos motivan y acompañan para darlo todo en el trabajo, darlo todo en el gimnasio, en la universidad o los estudios, darlo todo con nuestras familias o por qué no, en cualquiera de nuestras responsabilidades diarias.
Al mismo tiempo, cada mañana, la mayoría de nosotros (o todos porque de verdad dudo que alguien se libre), de manera consciente o inconsciente lo damos todo, pero todo, en lo que se refiere a información sobre nuestros gustos, necesidades, capacidad financiera, salud, aspiración y capacidad educativa, hábitos de consumo, sueños y aspiraciones…
Nos guste o no, ningún aspecto de nuestra vida, ninguno, queda a salvo de ser divulgado de manera, personal o agredada? (desde luego), al espectro de lo que podemos denominar el Gran Dato. No, no me estoy refiriendo a una traducción del big data, que hace referencia a la gran cantidad de información que acumula y atesora, me refiero al Gran Dato, ese que todo lo ve, todo lo observa, todo lo analiza y todo lo devuelve en la forma más imaginativa e inesperada de publicidad, sugerencia, banner, spam, información patrocinada y a veces incluso información, que se mete en tu vida y ya no sale hasta de haces click.
Puede importarnos o no, pero llevamos años, muchos, lanzando por no decir regalando nuestros datos al vacío digital, sin saber ni conocer a quien se los damos, ni qué van a hacer con ellos, cuánto valen y qué beneficios se obtienen con ellos, ni qué arriesgamos o con qué estamos comerciando cuando los lanzamos. Puede ser que nos de igual lo que se haga o deje de hacer con toda la información, voluntaria o involuntariamente compartida, pero a mi personalmente si me preocupa, y mucho.
La protección de datos en España es un derecho fundamental protegido por el artículo 18.4 de la Constitución y agarrándome a este derecho fundamental de nuestra Constitución (pobrecita!), en particular, lo que me preocupa son las consecuencias sociales y educacionales que la existencia de un Gran Dato sin control pueda ejercer en la configuración de los valores y hábitos de las generaciones futuras.
Recientemente, por fin, nuestro Consejo de Ministros, ha aprobado un Proyecto de Ley Orgánica de Protección de Datos de Carácter Personal cuyo objetivo es adaptar nuestra legislación en la materia a la normativa comunitaria (Reglamento UE 2016/679).
Según la propia norma, que empezará a aplicarse el 25 de mayo de 2018, ésta tiene como objetivo aumentar la seguridad jurídica y adaptar la normativa a la evolución tecnológica, persiguiendo la adaptación de las normas de protección de datos a la rápida evolución tecnológica y los fenómenos derivados del desarrollo de la sociedad de la información y la globalización… ufff, menos mal, por fin un poco de atención al tema.
El proyecto presentado, entre muchas novedades, en las cuestiones relacionadas con el tratamiento de datos, incorpora el principio de transparencia en cuanto al derecho de los afectados a ser informados sobre dicho tratamiento y contempla de forma expresa los derechos de acceso, rectificación, supresión, derecho a la limitación del tratamiento, así como a la portabilidad y oposición. Me encanta la teoría que aquí expone la norma pero claro que se lo vayan a decir a las cookies, trackings, chokings o clickings y demás «ings» diarios a los que sometemos nuestros datos.
Para evitar situaciones discriminatorias, se mantiene la prohibición de almacenar datos de especial protección, como ideología, afiliación sindical, religión, orientación sexual, origen racial o étnico y creencias. En estas categorías, el solo consentimiento del interesado no basta para dar viabilidad al tratamiento.
Todo esto aparece como obvio, sencillo, claro y expeditivo, sin embargo no veo muy claro de qué manera los mecanismos de control y protección del derecho fundamental se van a hacer efectivos.
La creación de la figura del delegado de protección de datos en las empresas o la potenciación de la puesta en marcha de mecanismos de autorregulación tanto en el sector público como en el privado no me parecen los mas efectivos para proteger mi derecho a no sentir de manera diaria la persecución de mis datos y la tremenda sensación de ser observada en cada una de las cosas y actividades diarias en las que me aplico. Y es que, insisto, la mayoría de las veces YO NO CONSIENTO, en el sentido jurídico de la palabra que exige conocimiento y voluntad. Y probablemente tu tampoco.
La legislación de datos deberá resolver las nuevas situación de vulnerabilidad del ciudadano, ya que el rápido avance tecnológico y la globalización multiplican de manera exponencial el aumento de los flujos transfronterizos de los datos personales, aumentado los riesgos inherentes a que las informaciones sobre los individuos siendo más accesibles y más fáciles de procesar, al tiempo que se ha hecho más difícil el control de su uso y destino. No me canso de repetir que el Dato no es nacional y sin embargo seguimos teniendo tratamientos nacionales en la protección y tratamiento del mismo. Una nueva Ley Orgánica, bien, pero es la vía de la legislación nacional la manera de proteger nuestro derecho fundamental, yo sinceramente sigo teniendo muchas dudas y esto también pasa a formar parte del Gran Dato.