
La tecnología es tan lenta que aún no ha encontrado el modo de convertirnos en inmortales y eternamente jóvenes. Y mira que llevamos tiempo pidiéndolo. Ni siquiera ha encontrado un modo fiable y definitivo de iluminar muchas de las estancias más oscuras de nuestra vida.
¿Cuántos tiempo pasó desde que Leonardo Da Vinci imaginó el autogiro hasta que la tecnología fue capaz de construir algo semejante?. O hasta que se hicieron realidad los prodigios que Julio Verne había concebido en su mente.
No nos engañemos, la tecnología es lenta. Rápida es nuestra mente, que se mueve entre la urgencia y la pura necesidad de ir derribando muros para seguir adelante.
En este vertiginoso trayecto construimos herramientas esperando que nos sirvan de ayuda; pero no tenemos ninguna garantía, todo sigue quedando en nuestras manos. El avión queda en las manos del piloto o del controlador. O la cirugía estética bajo el criterio del cliente o del cirujano.