Solo lo padecemos de verdad quienes tenemos hijos en “edad”: la chicharra insoportable del altavoz del móvil, sea una canción, un vídeo o un audio de whatsapp. Un sonido infernal que aparece de repente, al fondo del pasillo, a tu lado en el sofá, o detrás de la puerta del baño. Una emisión imposible que siempre viene acompañada de una imagen, tal vez la que mejor representa al ser humano de este principio de siglo: la de un adolescente bailando los pulgares sobre la pantalla de su teléfono a treinta centímetros de sus ojos.
El universo entero se concentra en esas pocas pulgadas de pantalla. Una mirilla de ida y vuelta, donde asomarse al alma ajena y esperar a que los demás acaricien la tuya, también con el pulgar, pero esta vez, firme y hacia arriba. Una religión que tiene sus ritos y sus liturgias y cuyos templos para los que tienen menos de quince años conocemos todos: Snapchat e Instagram. De Facebook y Twitter ni hablamos. El correo electrónico, ni está ni se le espera. Es en estos espacios virtuales donde sucede todo. Y los que crecimos en el mundo analógico llenamos páginas y páginas analizándolos, repasando estudios y estadísticas, buscando razones y monetizaciones, preguntándonos por qué son capaces de reunir a tantos nuevos (y jóvenes) feligreses año a año y, al instante, crear tanto fervor.
He logrado despegar los pulgares de una adolescente primeriza de la pantallita y preguntarle por qué a ella, lejos de cualquier interferencia adulta. Así, de paso, he acallado de una vez la chicharra diabólica del altavoz de su móvil.

