El Gordo, E.T. y otros despropósitos narrativos

IMG_0268Imagen de @imastranger

Fechas, ritos y celebraciones
Se acabó el año, y con el tañer de las últimas campanadas muchos se apuraron a completar su lista de enmiendas para 2015. Forma parte de la tradición, y más que eso. Aunque la mayoría lo haya olvidado, se trata de un rito, de parte de la celebración del duelo por el año que se nos va: como se supone que no podemos cambiar el pasado, nos prometemos reformar el futuro, que aún está por escribir.
Dicho de otro modo: los buenos propósitos para el mañana siempre se construyen sobre las malas costumbres del presente. Y es que los hábitos nunca se abandonan; se sustituyen por otros nuevos, que pasan a ocupar el lugar de los primeros.

El fin de año también es, más que una fecha, un ritual en nuestra vidas. El 31 de diciembre marca el fin del calendario, de un ejercicio fiscal y en algunas latitudes también del curso lectivo; psicocológicamente nos sirve para cerrar una etapa y abrir otra.

Históricamente reconocemos que existen otros “cierres de ciclo”, probablemente más interesantes. San Juan, el 21 de junio, marca el solsticio de verano en el hemisferio norte, el día más largo del año o, expresado con más propiedad, el día del año que tiene más horas de luz natural.
San Juan es la fiesta del fuego por antonomasia. Encendemos hogueras para apoyar al sol y darle fuerza para que siga iluminándonos en los próximos meses, cuando los días se vayan acortando. Aquí celebramos la imagen del astro como fuente de vida.
También encedemos hogueras para quemar todo lo desechable, tanto en el plano físico como el espiritual. (No olvidemos que el fuego también posee carácter purificador).

Otra fecha de fin de ciclo es Halloween. En la tradición celta (recogida y adaptada posteriormente por el cristianismo) el 31 de octubre se celebra la fiesta de la cosecha, en conmemoración del final del periodo dedicado a esta actividad. También es la noche de las brujas o la víspera del día de los muertos, y en la mitología nórdica se correponde con el inicio de la estación oscura dominada por Morrigan, la diosa de la muerte.

Estas celebraciones, directamente relacionadas con los ciclos naturales (astrales y agrícolas), han perdido importancia frente al calendario cristiano, que establece una relación entre los hechos del Nuevo Testamento y los 365 días en los que la Tierra da una vuelta completa alrededor del Sol, coincidiendo el 25 de diciembre con la celebración del nacimiento de Jesús. (Navidad deriva de Natividad).

Como digo, todas estas fechas se corresponden con momentos en los que el conjunto de la sociedad se reúne y celebra sus rituales. Son momentos en los que le damos sentido a nuestra vidas y a la existencia de la comunidad, algo que, como ya hemos reseñado en múltiples ocasiones, se corresponde con algunas de las funciones básicas del Storytelling.

Desgraciadamente, aunque las formas hayan persistido los ritos se han ido vaciando de contenido y se han convertido en una mera excusa para fomentar el consumo.

Fortuna, Tadeusz Kuntze
La diosa Fortuna según Tadeusz Kuntze

La buena y la mala suerte
Todos formamos parte de alguna tradición, de una cultura y contexto social en el que nos hemos criado y que, bien por rechazo, bien por aceptación, nos marcan.
Nadie se escapa de esta circunstancia, y en nuestro caso, como sociedad, debemos reconocer la influencia judeo-cristiana que empapa todas las situaciones en las que nos desenvolvemos.

Como ya he apuntado, en algunos rituales existe un poso pagano. Aún y así, su vestigio o está olvidado o ha sobrevivido sólo de modo parcial y, en cualquier caso, está desdibujado por el influjo cristiano. En esto, la Iglesia Católica, institución que lleva siglos en activo, ha adoptado con muy buenos resultados una técnica que ya aplicaron otros antes que ella: frente a la colonización (geográfica, política, cultural o religiosa, lo mismo da) es mejor absorver en tu discurso las creencias previas a tu llegada que intentar eliminarlas porque, como todo el mundo debería saber, puedes matar a las personas, pero no a las ideas. (Un punto éste que el Tercer Reich no tuvo en cuenta, y que probablemente le costó muy caro).
Entre los muchos conceptos instalados en la médula de nuestra sociedad, están los siguientes: culpa, perdón, castigo, premio y suerte (buena y mala, pues se dan ambos casos).

De la culpa y el perdón hablaremos en otra ocasión, aunque ejemplos no faltan: “me he equivocado, no lo volveré a hacer”; y ya está. La confesión nos exculpa, nos libera y nos permite tener la conciencia tranquila, borrar el recuerdo de lo ocurrido y aún más, borrar el hecho mismo como si no hubiera tenido lugar. De ahí que pequemos con tanta alegría, con tan pocos escrúpulos y sin temer las consecuencias.
Además, la memoria del pueblo parece limitada, incluso para retener imágenes tan impactantes como la de un paquidermo muerto. Dejo apuntado aquí otro tema a explorar en mejor ocasión: Internet como memoria colectiva imborrable. (¡Iba a escribir “como memoria de elefante”!)

En este texto me gustaría centrarme en el premio y la suerte. Durante mucho tiempo el primero ha sido considerado como la consecuencia, el resultado de un esfuerzo (“Si eres bueno irás al Cielo”), así como el castigo ha sido su reverso (“Si eres malo irás al Infierno”).
Los países protestantes siguen esa regla a rajatabla, aunque se trate de estados laicos o aconfesionales. Un ejemplo más del sustrato inconsciente de las creencias: recordemos que los seguidores de Calvino no reconocen la confesión, y por lo tanto cargan con sus pecados de por vida. (En ésta y en la otra).

Pero volvamos a nuestro ámbito territorial. A la ecuación original se han incorporado algunos factores que distorsionan el mensaje o resultado. Frente al discurso oficial de la Iglesia (socavado por ella misma con la venta de bulas y otros asuntos similares), aparecen ideas ancestrales respecto a la diosa Fortuna, esa figura que, acompañada de una rueda o una cornucopia, reparte suerte y modifica nuestro futuro de un modo azaroso.
Esa es la palabra clave: ¡azar! Porque, independientemente de nuestros actos, el azar actúa en nuesta vidas y las afecta, sin importar lo que hagamos.
Supongo que, aceptada la confesión como liberación de las propias responsabilidades, la puerta estaba abierta para que otros entren con esos mismos argumentos.
Así llegamos a la idea de que, sin poner prácticamente nada de mi parte, el azar puede tocarme con su manto y otorgarme un premio.
No hace falta que me esfuerce por conseguir un objetivo: basta con que tenga suerte y se me presente la Ocasión, otra figura mitológica que acompaña a la primera.
Como nos recuerda el refrán, ésta solía representarse como una mujer de larga cabellera, pero calva por detrás: ¡dificil atrapar la oportunidad una vez ha pasado!

El cerebro reptiliano y el audiovisual
Todo este largo prolegómeno me ha servido para situar el tema que realmente quería tratar: la campaña de Navidad del Gordo de la Lotería Nacional del Estado del pasado 2014, y en concreto el nefasto anuncio de “El bar de Antonio”.


Empleo el término nefasto según la segunda acepción de la RAE.

El asunto me interesa porque deberíamos estar atentos a lo que vemos, tomarnos un tiempo de reflexión que nos permita analizar los discursos que consumimos y comprender qué es lo que realmente nos dicen.
Es algo que deberíamos hacer todos, porque vivimos inmersos en una cultura audiovisual. Del mismo modo que en la escuela nos enseñan a leer textos, deberían enseñarnos a leer imágenes (y de paso, a leer código, aunque ése sea también otro tema).
No es lo mismo ver que mirar. Desde muy pequeños estamos expuestos a infinidad de imágenes. Aprendemos a mirarlas, pero no a interpretarlas. Dicho de otro modo: creemos que entendemos lo que nos dicen, pero realmente nos quedamos con una lectura superficial (y a menudo equivocada) sin llegar a su conteido profundo. A mendudo, a duras penas retenemos la trama del relato y algunos detalles estéticos (qué actor o actriz protagoniza la historia, dónde se ha rodado…)

Cada vez que alguien me ha preguntado por el anuncio de la campaña del Gordo de la Lotería, le he dicho lo mismo: “Me parece un asco. Técnicamente puede que esté bien resuelto (ojo, tiene sus fallos), pero eso no importa. Lo dicho, un asco”. Normalmente mi interlocutor pone cara de extrañeza, con una expresión que, traducida en palabras, vendría a decir: “Pero, ¿cómo? ¡Si es maravilloso, a mí me ha encantado!”.
Quedarse con la factura técnica de un producto es siempre, como mínimo, limitado. Valorar la calidad técnica por encima de todo, también.
No quiero que se me malinterprete: la técnica es importante, pero ni lo es todo, ni mucho menos es una finalidad en sí misma. (Hablo desde el punto de vista del narrador). La técnica, como los demás elementos con los que el director construye su discurso, están al servicio del conjunto de la narración. Y ésta tiene una finalidad. No siempre clara, no siempre enunciada, pero la tiene. No estoy hablando de una “moraleja”. Para empezar, ése es uno de los grandes defectos del anuncio: es una “historieta con moraleja”, no apta para diabéticos.

El sentido final de una historia va mucho más allá, tiene varios niveles y difícilmente se podrá expresar con simples palabras, porque la naturaleza del discurso es otra.
Entender el trabajo de dirección como poner la historia en imágenes “ad verbum” es a todas luces insuficiente, del mismo modo que entender el guión como una simple redacción de acciones y diálogos que transcriban los hechos de la trama es no haber entendido en qué consiste el trabajo del dramaturgo.
(Si alguien quiere profundizar en estas ideas le recomiendo el excelente documental de Scorsese “A Personal Journey with Martin Scorsese Through American Movies”).
Como bien señalaba Alexander Mackendrick, el cine (y por extensión, el audiovisual) es un lenguaje pre-verbal. Retomando lo que apuntaba en el párrafo anterior: no podemos limitarnos a plasmar la trama en imágenes.
Rossellini decía que no quería hacer películas bellas, sino películas útiles. Desde esta perspectiva, el anuncio de Navidad resulta una manipulacion ofensiva de los sentimientos del espectador. Una técnica que puede que funcione, pero que a la larga resulta traicionera. (En próximos posts espero analizar las últimas campañas de Coca-Cola España y ver con más detalle a qué me refiero).
La campaña de Navidad se limita a jugar con un montón de lugares comunes como son el bar de la esquina, la nieve (aunque en media España no caiga ni un copo en todo el año), la mujer como pilar de la entereza moral de la familia o una solidaridad “a lo Frank Capra”, trasnochada, blandengue y a todas luces falsa. (Dicho con el debido respeto al hombre y su obra).
El anuncio se articula (tanto en el guión como en la puesta en escena) en los mismos criterios en los que se basa Spielberg para buscar la lágrima fácil. (Cito a este director como un simple ejemplo, por conocido y por considerarlo exponente ejemplar de un tipo de cine manipulador y maniqueo).
La lagrimilla se asoma a nuestros ojos antes de que podamos siquiera darnos cuenta de que está allí. Eso es lo que este tipo de discursos busca, y eso es lo que logra. Que luego nos produzca satisfacción o nos sintamos engañados dependerá de la lectura que le demos. (De ahí la importancia de saber comprender los mensajes que recibimos).
Si nos quedamos con la primera impresión, con esa falsa catarsis (un mero placebo emocional) habremos caído en la trampa.
No se trata de intelectualizar el visionado de anuncios y películas, sino de comprender el mecanismo sobre el que se articulan.
Todos lloramos ante la muerte de E.T., ese pedazo de latex más feo que Picio, movido por un equipo técnico a través de un sistema de cables, ocultos fuera de plano. Lloramos y, probablemente, lo volveremos a hacer cada vez que nos expongamos a esas imágenes. Eso es producto del lenguaje pre-verbal, es más, es el resultado que esas imágenes producen sobre nuestro cerebro reptiliano, que es el que reacciona produciendo esa secreción lagrimal.
Atención, no son “lágrimas de cocodrilo”: lo que percibimos despierta en nosotros esa respuesta. (Recordemos, además, que el cerebro humano no hace distinción entre recuerdos reales e imaginados, un mecanismo muy útil a la hora de sumergirnos en cualquier ficción).
Afortunadamente, tenemos “otros cerebros”. No se trata de anular la actividad de este órgano primario, sino de utilizar también los más evolucionados.

En un país con casi un 25% por ciento de paro, se nos anima a jugar a la Lotería (otra manera que tiene el estado para recaudar más impuestos), y se nos dice que, aunque no hayamos jugado, siempre habrá un Antonio dispuesto a servirnos un café a veintiún euros. La suerte, la buena suerte, no es que te toque el Gordo, ¡es que te toque un Antonio! (De nuevo queda en nuestras manos calcular qué opción es estadísticamente más probable: que te toque el décimo o que te toque el barman, décimo incluido).

Resumiendo: ante la llegada de unas fechas rituales, reducimos el asunto a una pura cuestión económica y dejamos que la diosa fortuna y el camarero de turno nos solucionen la papeleta.
Perdón, pero no creo que la Navidad (o el cambio de ciclo que sea), ni la solidaridad entre miembros de una comunidad, ni el audiovisual como medio, se merezcan semejante trato. Y todo para lograr que paguemos unos pocos impuestos extra, (aunque sea de forma aparentemente voluntaria, y a base de jugar con las ilusiones de una gente más o menos desesperada).
Eso sí, tal vez, con semejante discurso, resulte más comprensible porqué el director de fotografía que rodó la maqueta para ganar el concurso del spot definitivo no haya cobrado y porqué estamos como estamos. (Impresionate respuesta la que dio la responsable de la agencia en Facebook. Aunque, claro, no se llamaba Antonio.)

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Captura de pantalla de Facebook

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Captura de pantalla de Facebook

La re-apropiacion como respuesta
Pero no quiero ser derrotista, ni empezar este nuevo año con una sombra de desesperenza. Al contrario, la cosa no está perdida: ¡Asistimos al triunfo de la imaginación!
Uno de los motivos por los que dedico una parte de mi tiempo a la docencia es, precisamente, porque me permite reflexionar una y otra vez sobre las cuestiones básicas del cine (Nunca des nada por sabido) y transmitir mi inmenso amor por las historias y la importancia que el Storytelling tiene. (Un gran poder conlleva una gran responsabilidad).
Ante el anuncio oficial de la campaña de la Lotería, han surgido infinidad de parodias. Algunas generadas por los “cómicos-cronistas oficiales” (de Carlos Latre al programa “Crakovia”), otras han sido fruto de elementos menos conocidos, como esta “Guerra de los Mundos” o esta otra versión de Rajoy-Bárcenas, de producción más precaria, no por ello peor. (Volvemos al tema de la técnica).
Para mí, todas estas versiones suponen un gran ejemplo de la re-apropiación audiovisual como respuesta: frente a un discurso que no convence, el público lo retoma y lo reescribe.
Personalmente, de todas las obras surgidas al amparo del bar de Antonio, yo me quedo con ésta.
Como digo, en el tiempo que dedico a la docencia mi afán es transmitir que el audiovisual es un lenguaje vivo en el que (a pesar de admirar y recuperar tantísimas grandes obras, cosecha de sus primeros cien años de historia) todo está por hacer. ¿Y qué mejor manera de contar en qué consiste este arte y cuál es el valor del montaje que mostrar este gran ejemplo? Con la simple sustitución de un plano (uno solo), todo el discurso cambia de sentido. ¡Vaya con Antonio, qué callado se lo tenía!

Para concluir, y enlazando con el principio de este artículo, me pregunto si algún día sabremos si Antonio ha hecho propósito de enmienda (y con él, todos los que apoyan este tipo de discurso audiovisual).

fotoantonio
Captura de pantalla del video oficial

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3 comentarios en “El Gordo, E.T. y otros despropósitos narrativos

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