X, Y y Z.

Como decíamos ayer, andamos a vueltas con la Generación Conectada y con -lo que casi parece más importante- qué nombre ponerle. Es un debate que, personalmente, creo que se lleva intencionadamente al paroxismo para amplificar el vértigo de esta constante cambiante en la comunicación comercial de nuestros días que, además de ayudar a inspirar artículos y post diversos, también ayuda a vender revistas, libros y manuales varios.

En fin, siento ser batallitas* pero a mí me produce una sensación de eterno retorno; y creo que los manidísimos millenials, por ejemplo, son, salvando las distancias -tecnológicas y/o sociales, que son casi lo mismo- algo muy parecido a lo que la industria del marketing llamaba Gen Next en los años 90′: un contundente punto de inflexión en la masa social, como corresponde a su segmento de población. El nuevo mundo, vaya. 

La pregunta es: ¿hasta qué punto lo que fue Generación X, y después Generación Y, y ahora Generación Z, es meramente una cuestión de estar adscrito a un clúster de edad?

Brian Solís, un gurú como otro cualquiera, nos habla de la Generación C, C de Customers Connected; y, aunque el concepto ‘customer’ tiene un sesgo demasiado instrumental para mi gusto, sí que es cierto que su visión es ciertamente preclara: la generación conectada no obedece tanto a un rango sociodemográfico como a un componente conductual; es decir, los que fuimos generación X y, por ende, ya no podemos ser Z o millenials (o cualquier otro absurdo que pueda ir surgiendo), somos todos generación conectada, básicamente porque es nuestro comportamiento y cómo introducimos de forma natural la tecnología en nuestras vidas para relacionarnos, lo que realmente nos define.

Y tal vez sea, precisamente, ese mínimo denominador común conectado el que representa una oportunidad única para lograr relacionarnos cohesionadamente a través de las generaciones. Sin importar la letra con la que las llamemos.

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*no me gustaría dejar de destacar que la noventuda acción de Pepsi en España no deja de ser un claro protoejemplo de branded content del bueno cuyo epicentro, más allá de los spots y la campaña “convencional”, fue un cd recopilatorio de varios artistas más o menos indies que en su momento se vendió en todas las tiendas de discos –sí, Pablo, la gente lo compraba, lo pagaba-, se emitió en todas las radiofórmulas y hoy pervive en listas de Spoty y playlist de Youtube.
(Y es que parece que, más allá de tecnologías y etiquetas, esto sigue yendo más o menos de lo mismo: crear, construir y consolidar conexiones emocionales).


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