
Las experiencias inmersivas han llegado para quedarse. En una economía de la experiencia como la nuestra, cada vez buscamos más ocio experiencial, más fragmentos de vida. Es más, si las pasadas generaciones valoraban el estatus en posesiones materiales, los Millenials lo que realmente valoran son las experiencias: ir al festival de moda, recorrerse Europa de mochilero, correr la media maratón…
Por eso, el rol de lo inmersivo va cobrando más y más fuerza en la creación de contenidos. Aunque a la RAE no le termine de convencer.

Y es que eso es lo que sí se busca, que el público este inmerso en un contenido. Del mismo modo que lo está en su vida. Janet Murray en Hamlet from the Holodeck describe la inmersión como “la sensación de estar rodeado por completamente otra realidad, tan distinta como lo es el agua del aire”. Y Frank Rose nos habla en su The Art of Immersion de cómo estar totalmente inmerso en una historia llega a tener implicaciones cognitivas: activando zonas de nuestro cerebro sobre el movimiento o la posición en el espacio. Vaya, que una buena historia puede hacernos cambiar de opinión o hacernos entender el mundo de otra manera (o si no, ¿para qué existirían los cuentos?) Sigue leyendo
