
¿Eres de esas personas que cada cinco minutos actualizas tus Stories de Instagram?

La publicidad necesita renovarse; seguro que lo has oído antes. Es más, si te dieran un dólar por cada vez que has leído a alguien en este foro defendiendo esa postura, ahora mismo podrías presentarte a las próximas elecciones estadounidenses (sobre todo, si eres aficionado a llevar gatos muertos sobre la cabeza).
Y es cierto lo que decimos. Porque la publicidad, tal y como siempre la hemos conocido, necesita evolucionar. Pero, seamos, honestos, ¿realmente nos creemos esto? Porque a veces parece que tengamos más en mente una revolución al más puro estilo Stalin-en-un-día-chungo, más que en una auténtica y lógica evolución, darwinianamente hablando.

“¿Y vosotros para qué necesitáis esto?” me preguntaba uno de mis compañeros del programa superior en Big Data que acabo de comenzar. Casi todos pertenecen a bancos y telcos y les parece bastante exótico que haya una cadena de televisión entre ellos. Quizás la clave es esa, que nos sigan viendo como cadenas de televisión cuando somos grupos multimedia en los que el negocio digital es el más mutante. Los ingresos procedentes de la TV tradicional son los que sostienen a estas compañías pero todo el mundo es consciente de que el modelo está cambiando. Y una vez en internet la competencia no se produce solo entre televisiones, hay muchos otros actores en juego. Los comerciales de las teles ya no solo tienen que conseguir que las marcas inviertan en sus productos digitales antes que en los de otra cadena. También compiten con el resto de medios tradicionales (los periódicos y las radios cada vez incluyen más vídeos en sus webs), con nuevos medios nativos digitales que tienen estructuras mucho más pequeñas pero son muy eficaces en el mundo online y con las redes sociales, sobre todo con Facebook y Youtube.
En clase siempre nos ponen el ejemplo de Google como la empresa que mejor usa el big data y así ha logrado esa posición de dominio absoluto entre los buscadores. Facebook se centra mucho más en las personas que en el contenido. Nos conoce mejor que nadie y aprovecha cada dato que le proporcionamos sobre nosotros para dotarlo de valor. Cuando alguien me dice ufano que no ha rellenado prácticamente ningún dato de su biografía en Facebook le suelo decir que si le sirve para sentirse más a gusto, estupendo, pero que aunque no se lo diga Facebook sabe hasta en qué colegio ha estudiado. Como mucho puede que tenga duda entre dos centros y lo demuestra cuando te sugiere que rellenes los datos que faltan y te propone sus opciones.

Si hay hoy dos anglicismos repetidos hasta la saciedad en el contexto de márketing, y no sólo digital, son el de reach y engagement. Éstos definen objetivos de comunicación bien distintos, que no opuestos, y la forma de abordarlos representa, en cierta medida, la madurez de una marca a la hora de entender el panorama de medios actual y su forma de relacionarse con los consumidores a través de contenido. Pero, ¿Cuál es mejor? Evidentemente, ambos. Pero vayamos por partes.
Durante muchos años, la publicidad ha sido utilizada como una forma de impactar, si no apedrear, a consumidores de forma masiva y fácil con mensajes unidireccionales. Sigue leyendo

A veces, nuestras creencias se desmoronan y tambalean. Nos pasamos la vida siguiendo credos que más tarde mutan. Un medio, un centro estadístico, científico, institución o cualquier organismo vivo al que le presupongamos, aunque sea de modo latente, el principio básico de influencia psicológica de Autoridad, lanza una aseveración que para nosotros se convierte en máxima. Bien sea porque realmente estamos convencidos, o porque no podemos olvidarnos que somos animales sociales y la presión de grupo nos puede “Es que todos lo tienen” como bien matizaba mi compañero Ramón Tarrés intentando dirimir el éxito de Snapchat o Instagram entre los jóvenes en su artículo “Palabra de adolescente: Instragram Killed the Snapchat star”.
A día de hoy parece que compañía o marca que no tenga presencia en Internet está muerta, está Off. Y todo apunta a que esto es cierto, un individuo con colchones en un bajo y acceso a Internet puede competir directamente contra el Corte Inglés. Hoy grandes o pequeños contamos con las mismas reglas del juego. Esto abre un abanico enorme de posibilidades para cualquiera, ya no estamos en mercados de barrio, estamos abiertos a todo el mundo, lo local es global. Sigue leyendo
Solo lo padecemos de verdad quienes tenemos hijos en “edad”: la chicharra insoportable del altavoz del móvil, sea una canción, un vídeo o un audio de whatsapp. Un sonido infernal que aparece de repente, al fondo del pasillo, a tu lado en el sofá, o detrás de la puerta del baño. Una emisión imposible que siempre viene acompañada de una imagen, tal vez la que mejor representa al ser humano de este principio de siglo: la de un adolescente bailando los pulgares sobre la pantalla de su teléfono a treinta centímetros de sus ojos.
El universo entero se concentra en esas pocas pulgadas de pantalla. Una mirilla de ida y vuelta, donde asomarse al alma ajena y esperar a que los demás acaricien la tuya, también con el pulgar, pero esta vez, firme y hacia arriba. Una religión que tiene sus ritos y sus liturgias y cuyos templos para los que tienen menos de quince años conocemos todos: Snapchat e Instagram. De Facebook y Twitter ni hablamos. El correo electrónico, ni está ni se le espera. Es en estos espacios virtuales donde sucede todo. Y los que crecimos en el mundo analógico llenamos páginas y páginas analizándolos, repasando estudios y estadísticas, buscando razones y monetizaciones, preguntándonos por qué son capaces de reunir a tantos nuevos (y jóvenes) feligreses año a año y, al instante, crear tanto fervor.
He logrado despegar los pulgares de una adolescente primeriza de la pantallita y preguntarle por qué a ella, lejos de cualquier interferencia adulta. Así, de paso, he acallado de una vez la chicharra diabólica del altavoz de su móvil.
“Te tragarás la colección de cassettes, de Las San-gri-Las o de Las Ronettes”, así canta la letra de los accidentados Siniestro Total en su título “Bailaré sobre tu tumba”. Desconozco la razón por la que aparece la referencia a estas bandas femeninas icono de los 60´s, lo cierto es que con el tiempo todos nos hemos tenido que tragar nuestras colecciones de cassettes.
Ya nadie se acuerda de las cassettes, su desaparición ha sido menos nombrada, rememorada, “o añorada” que la del vinilo o el CD, el primero porque curiosamente está viendo un sorprendente resurgir, con crecimientos en ventas de 2 dígitos. Tras su casi desaparición actualmente las ventas de vinilos superan los ingresos por las ventas de albumes en descarga digital y con multitud de artistas que o bien por motivos nostálgicos, por esnobismo, o diferenciación, están presentando sus nuevos lanzamientos con cuidadas y exclusivas ediciones en vinilo. Quizá esto es otra expresión del relato transmediático que hoy se impone en la industria musical. Si bien esta es otra cuestión.


Los Villanos de las Marcas
La talla de una historia se mide por la dimensión de su villano. El villano entendido como la representación material de aquellas corrientes oscuras que colisionan en un conflicto. Y allí es donde la verdad de una historia juega al póker con su audiencia buscando interés, identificación, emoción y prestigio. Por eso, una de las tareas del storytelling es encontrar los villanos de las marcas.
Debido a los meses de no gobierno que nos ha tocado vivir, el pasado mes de julio hubo un parón del gasto ministerial que afectó a muchas cosas, entre ellas las ayudas a la cinematografía. Se quedaron colgadas la segunda fase de las ayudas generales (unos 10 millones de € que ponían en dificultad al sector del cine en España), las ayudas a cortos (realizados y sobre proyecto) y la asistencia a festivales. Con el nuevo gobierno, y por la vía rápida, el pasado 18 de noviembre se descongeló en el Consejo de Ministros las ayudas de generales, esos 10 millones que ahogaban al sector del cine y que impedían la producción de muchos proyectos ya casi en marcha. Hasta aquí todo bien, pero qué pasa con las otras tres líneas de ayudas, las dos de cortos y la asistencia a festivales. Siguen bloqueadas, y eso que entre las tres no llegan a una cuantía de un millón de euros.
Hace ya mas de una década que todos aquellos que hemos estado inmersos en este mundo de la tecnología, de las comunicaciones, de la tan nombrada era de la información y de la revolución digital, visualizábamos entusiasmados un cambio futurista en todas nuestras áreas de desempeño.
En aquella época vislumbrábamos un gran beneficio en la libre información que traería consigo el desarrollo de habilidades, actitudes y conocimientos de una forma jamás pensada a través de la tecnología, imaginando que todo esto contribuiría en la formación de sociedades mas integradas, mas inteligentes y sobre todo mas conscientes.
Las historias de cada individuo pasarían de ser meramente sueños a volverse realidades utilizando una cascada de herramientas en la palma de la mano.
Con gran ilusión pensábamos en las enormes posibilidades que poco a poco aparecían a nuestro alcance integrando todos nuestros sentidos para habitar en un mundo virtual que de un momento a otro se poblaba con integrantes de todo el globo terráqueo.
Al día de hoy, prácticamente el mundo entero vive en esta realidad virtual. Hoy todo aquello forma parte de nuestra vida cotidiana. ¿Quién no utiliza el Whatsapp, el Facebook o el Snapshat? La cantidad de herramientas es rica y a al vez abrumadora. La industria entera genera recursos a la velocidad de la luz. Para todo lo que deseamos encontramos una «App».

Pero ¿Qué ha sucedido con ese futuro imaginado? ¿Qué hay de esa colectividad, de los proyectos compartidos y de la conciencia colectiva? Sigue leyendo