
Uno de los principios constructivos de una historia clásica son: disponer de un personaje -y dotarlo de capas de personalidad-, proveerle un contexto con tensión, provocarle alguna disrupción externa o interna para crear un conflicto, contraponerle una fuerza antagónica y darle un final restaurador -o semi restaurador o anti restaurador que hoy está de moda-.
En los finales de las historias lineales de estructura clásica persisten los cierres con un previo punto de giro sorpresivo y a posteriori una explicación que viene a revelar la lógica de los hechos que el espectador no pudo o no supo interpretar en su momento.
Aquella información de fondo que desconocíamos en convergencia con su revelación es en el clímax de la historia cuando expone su sentido más fuerte. Es la sorpresa seguida de la lógica: el final ¡Oh! ¡Ah!







