En la primera parte de este artículo repasé el impacto del cine desde su aparición, su expansión y máxima etapa de esplendor, hasta desembocar en el cambio de siglo, momento en el que se evidenciaba que el cinematógrafo también llegaba al final de una etapa.
En la segunda me centré en la asistencia a las salas como experiencia comunitaria, a través de algunos ejemplos recientes, entre la reinterpretación y la nostalgia.
Con la tercera entrega llegamos al final de esta reflexión, y quiero hacerlo (sin apartarme de la idea vertebral de la experiencia), adoptando el punto de vista del cineasta, porque el cine es, ante todo, un acto creativo.
No voy a caer en la consabida idea de “la llegada de lo digital ha democratizado el cine”, aunque resulta innegable que nunca antes fue tan accesible. Esto no deja de formar parte de una evolución tecnológica continua: la Nouvelle Vague no habría existido si, entre otras cosas, no se hubiera producido una importante reducción del peso y tamaño de las cámaras de cine.








