Deportes al aire libre en cuarentena

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Deportista practicando orientación en una prueba regional.

Desde que se decretase el estado de alarma no solo la sociedad española ha quedado enclaustrada en sus casas sino que un sector reducido pero cada vez más en auge vio como su planificación cambió por completo: los deportes al aire libre. Este caso haré especial hincapié en dos especialidades que son muy cercanas a mis conocimientos y aficiones: el trail running o comúnmente conocidas como carreras de montaña y en un caso más particular a la orientación, un deporte cuyo principal objetivo es pasar por una serie de balizas indicadas en el mapa en un orden correspondiente ayudándote solo de un mapa y una brújula. Actualmente se chequea el paso por éstas a través de un chip que registra tu paso y que descargas una vez finalizas en la meta.

Sin la posibilidad de poder acceder a espacios naturales, en concreto estas dos modalidades han tirado de creatividad dando un ejemplo de que se puede mantener la mente y el físico activo. Desde que la crisis del COVID-19 azotó Europa y todas las carreras han sido cancelada por seguridad, desde las organizaciones han buscado alternativas y retos tanto con corredores profesionales como incitando al aficionado a forma parte de ellas.

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La carta que muchos querríamos que se hiciera realidad

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Queridos Reyes de las Redes Sociales,

Este año me he portado bien. A ver, no he dado envidia en redes sociales ni he odiado mucho al gobierno en Twitter. Además, he respondido a mi madre en Facebook y he escrito en el grupo de trabajo para colaborar en proyectos. Pero claro, hay cosas que no me cuadran y me gustaría contároslas para que entendáis mis peticiones en esta carta.

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Desconectar, la necesidad de la vida moderna.

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Vamos a romper un poco las reglas. Un maestro mío me dijo que todo buen artículo tiene una introducción que te engancha, un desarrollo y un desenlace. Pero puede ser que mi (sana) locura quiera demostrarle que en ocasiones, una introducción bizarra (de valiente ojo, no de “loco”) con un poco de expectativas, puede hacer que ese lector anónimo (vamos, tú), que pierde el tiempo en leerme, disfrute.

Dicho esto, comencemos con un cuento.

Tenía 15 años. Pubertad, instituto, chicas y chicos preparándose para los más locos años de su vida. Y cae justo un viaje. Terminando el ciclo, todo el instituto decide irse a los Pirineos una semana.

Papá entra en la habitación: “toma hijo, te dejo un teléfono móvil para que podamos hablar estos días”. Pero no es solo para llamadas, es una moda que por dentro, el hijo, quería ante todo “como sus amigos”. Llegan los toques, el SMS, la facilidad para acercarse a las chicas porque sin saberlo, habías roto el hielo. El segundo móvil tenía el snake y los juegos que te podías descargar según un loco número que venía en la parte trasera de las revistas.

Ya en la universidad, tras ratear el wifi para poder enviar WhatsApps a los amigos de la uni y así, ahorrarse 15 céntimos por los mensajes, abandonar el móvil pasa a ser más complicado pero mucho más. Las consultas en él aumentan: la sabiduría y el conocimiento al alcance de la mano, una gran herramienta. Pero la concentración disminuye, Facebook, Twitter, Instagram no ayudan y encima, la vida de otras personas parece una fuente de entretenimiento inagotable.

Ya con 30 años, 15 años después de esa maquinita para llamar y dar toques, las conversaciones en ocasiones le resultan aburridas, cree que ha oído cada historia mil veces y almacena información útil a la vez que extravante. Quiere dejar el teléfono porque recuerda las palabras de su madre: “es un vicio hijo, no sabes vivir sin él”. Lo intenta, de veras que lo intenta, pero sigue consultándolo más veces de lo quiere.

En la actualidad, ha pensado que una opción es apagar el móvil un rato e intentar ver en persona a sus amigos. Porque siente, que su mente desconecta y se siente un poquito más libre en un mundo plagado de informaciñon.  

Probablemente esta historia te suene un poco. También puede ser que la necesidad de apagar el teléfono porque sabes que estás (excesivamente) conectado es algo que o bien has querido hacer, o bien lo has visto. Nuestra dependencia tiene un nombre: nomofobia.

La nomofobia (no mobile phone phobia) es el temor a ser incapaz de comunicarse a través del teléfono móvil u otros aparatos tecnológicos

Obviamente esto un síntoma que probablemente tiene diferentes grados de dependencia, aunque más cercano de lo que creemos. El móvil es una herramienta fundamental en nuestro día a día: los vínculos sociales se basan en ellos, el modelo de consumo, el marujeo de Instagram (¡malditos Instagram Stories!), de hecho, nos cuesta ver esos “días sin móviles” y en ocasiones, aquellos momentos los contemplamos como un reto complejo de superar en la actualidad.

La problemática de esta historia que muchos conocemos como protagonistas o secundarios, es la ruptura de ciertos valores fundamentales. Cada vez se ven más casos de ansiedad, de dependencia y estrés, y el móvil, tiene algo que ver. A veces queremos desconectar, romper con todo, estamos completamente conectados y eso nos satisface y nos agobia al mismo tiempo. Vivir el momento presente como defienden las normas de la meditación (curiosamente tan de moda ahora, lo que indica que algo está pasando) comienza a ser una obligación para no perdernos en una cabeza desconcentrada, nerviosa y en ocasiones caótica. La innovación que nos da tantas cosas buenas, nos ata, y nos está cambiando por dentro.

A veces la innovación, es un regalo envenenado. Piensa, ¿qué te ha cambiado el móvil? ¿Qué echas en falta? Yo, echo en falta el poder desconectar, apagar, y desaparecer 24 horas. A veces parece que tienes la obligación de estar disponible. Quizás, algo tendremos que hacer para ser un poco más felices ¿no crees? ;)

Este texto tiene una base sobre la que he trabajado. Hace una semana elaboré un test muy simple que ha nutrido la evolución del texto y del artículo. El planteamiento era sencillo: pregunta sobre los orígenes del móvil, algunas sobre aplicaciones y finalmente preguntas subjetivas sobre la actualidad. Compartí el enlace del test en el trabajo, en varios chats de WhatsApp, en mi Linkedin y en Twitter. Finalmente, 146 personas han contestado (¡gracias a todos!).

Por si participaste y sientes curiosidad, los titulares más destacados, son los siguientes:

    • De los encuestados, el 54,8% tiene actualmente entre 25-35 años. El siguiente rango de edad más numeroso supone el 19,9% y tienen entre 36 y 45 años.
    • El 93,2% tiene estudios superiores.
    • El 27,4% tuvo su primer móvil entre los 14-15 años, principalmente, por necesidad (47,9%) y también por “el resto lo tenía” (33,6%).
    • Los comienzos con el móvil eran principalmente para llamar a la familia (70,5%) y para enviar SMS (65,1%) respectivamente.
    • El 56,8% tiene más de 16 apps instaladas. Además, cuenta con una media de 3-5 (47,3%) cuentas en redes sociales abiertas.
    • Aquellos que han respondido la encuesta son conscientes de que consultan mucho su móvil (46,6%) y que a veces es demasiado.
    • También admiten que el móvil genera dependencia y adicción a pesar de los beneficios que trae (mantener el contacto con los que están lejos). De hecho, el 63,7% confirma que cuando se aburre navega mucho en redes sociales y que a veces siente que pierde el tiempo viendo fotos de otros (56,2%). En contraposición a esa necesidad son bastante pacientes con la caída de WhatsApp aunque en ocasiones genera la pregunta de: ¿estoy enganchado?

 

 

 

 

Salud laboral

maroquotidien-plus-136883(1).jpgTodos los días revivimos momentos en los que el gobierno dice: para integración de… para los autónomos… reducción de jornada para y no es que con ello quiera decir que no se trabaja en pro de los derechos (y salud) de los trabajadores, sino que quizás no sé contempla que, la solución, no es la misma para todos.

Hoy, curiosamente coincidiendo con el Día de la Mujer Trabajadora, no pararemos de hablar del trabajo, de las condiciones, etc. Y como no -tara de publicitaria- aprovecho este real time, para hacer una reflexión del tema que nos importa tanto a todos. Resulta que, algo que no se respeta actualmente en muchas profesiones (aparte de las cañas de los jueves), es la salud laboral.

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Bye lovebrand, hola forma de vida.

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Hace unos años en todo briefing de cliente siempre aparecía en el apartado de requisitos: ser una lovebrand. ¿Es ahora necesario? ¿Es el objetivo a llegar o en cambio estamos mirando a otro objetivo?

En plena debacle de: queremos resultados, tenemos un objetivo de ventas y las redes sociales para qué narices sirven, etc, el mundo de los contenidos a destajo como se ha ido llevando desde hace un tiempo no cuenta con tanta salud mental como antes. Ahora estamos en fase de influencers, que trabajan para marcas y que iconizan y representan los usos o beneficios. Los haters dirán que no, que esto ha acabado pero sin embargo en mi Youtube aparecen cada vez más marcas y en Instagram vivo bombardea de esto. ¿Es efectivo? Que eso lo mire cada marca, hay casos y casos.

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Los millennials y las marcas, esa gran relación

A los que andamos en el mundo publicitario y a las marcas ya no les preocupa la crisis, bueno, sí, pero en menor medida. Ya no buscan vender y vender, con el paso del tiempo se han dado cuenta de que hay algo que les da mayor dolor de cabeza y que el ibuprofeno no ayuda a lidiar, y es la generación de moda: los millennials.

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Querida marca publicitaria

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Eres alguien más de la familia. Nos ves nacer, nos ves escoger cierto tipo de pañales de X marca y en un futuro nos harás recordar el coche de papá. Hablas a mis padres, les convences de cosas sobre mi crecimiento, de complementos vitales, casi indispensables en la vida de bebé tragón, cuando en realidad en muchas (por no decir en todas) ocasiones hay un negocio detrás. Lo más duro llega cuando invades mi espacio, me tachas y haces que en el colegio se burlen por no llevar las mismas zapatillas blancas cuando a mi lo que me gusta es el rojo. Luego dices que no es culpa tuya, achacas esto a la sociedad y me lo creo, pero un poco.

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El año de contar historias

Acaba el año, pero de algo estamos seguros, y no es de seguir pobres porque no nos ha tocado el gordo, sino que es el año de contar historias. Tanto la publicidad, como en entretenimiento y ojito, la música, tienen como trasfondo una narración bien estudiada para sus públicos. Muchos miran el futuro, hablan de nuevos formatos, pero también debemos analizar qué es lo que ha funcionado o por lo menos, nos ha gustado.

Con la publicidad nos hemos dado cuenta que el anuncio de esa marca de limpieza donde aparece una mujer tecnológica y que maravillosamente limpia muy bien, es algo que no interiorizamos y eliminamos ante tantos estímulos. No obstante, una historia con un buen comienzo en la que nos cuente algo que capte nuestra atención, ha sido capaz de introducir su mensaje en nuestras dispersas cabezas, y también, que le metamos caña en Twitter.

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Si no comparto lo que creo, no existe

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¿Cuántas veces hemos oído/pensado “oye, este está triunfando con (poner aquí el título del producto audiovisual) y el mío es mejor y no consigue nada”? Probablemente recurramos a que ha tenido suerte o conoce a alguien, o incluso a otra cosa, no obstante, no nos paramos a pensar en porqué. Seguramente habrá tenido algo que muchos no tienen en cuenta: la distribución y la comunicación.

¿Y por qué sucede esto? Probablemente porque en los pequeños proyectos, pecamos de querer lucirnos de creadores y olvidamos el último eslabón, que no menos importante, del proceso de creación, y que, demostrará definitivamente, si nuestra idea en la cual confiamos tiene un público o no. Esto no solo se centra en el audiovisual, cualquier obra cuyo objetivo sea la repercusión debe de tener que tener en cuenta esta fase. Pensemos, ¿de qué sirve que escriba un relato si luego no se lee? Puede que me ayude a ordenarme la cabeza, pero en caso de que queramos obtener un beneficio, – que ojo, no tiene que ser monetario, simplemente efectivo-, habrá que tener en cuenta como llegar a la gente y quien es nuestro público. Sigue leyendo

El curioso caso de Casey Neistat

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Imagina que tienes una cámara, y llega, digamos, Nike y te dice: “ey, molas, te voy a dejar un producto para que lo pruebes y hagas un video sobre ello”. Y lo grabas y encima, viajas.

¿Un sueño? No, es posible.

El afortunado de este tipo de experiencias es Casey Neistat, un realizador publicitario de 33 afincado en Nueva York y conocido por sus videos en Youtube entre otras cosas. Anteriormente pasó por la HBO y creó su propio programa, The Neistat Brothers donde trabajó con su hermano.

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