En algunos de sus siempre hilarantes monólogos el humorista Gila demostró ser un verdadero adelantado a su tiempo: aquellas actuaciones en la televisión pública de los setenta y ochenta constituyeron insuperables ejemplos de la stand-up comedy mucho antes de que, a finales de los noventa, el género se identificase como tal en España. A sus seguidores no les cuesta imaginar cómo (teléfono en mano) podría actualizar hoy las ácidas y recurrentes parodias sobre operadoras despistadas y clavijas mal conectadas con cualquier llamada a un servicio automatizado de atención al cliente —situación que, por cierto, tiende a representar cada vez más un subgénero… ¿tragicómico?—. Pero sus historias atisbaron innovaciones todavía más preclaras:
«Mi abuelo se pasaba el día en el balcón con un bote de pintura y una brocha dando manotazos al aire. Los vecinos se reían de él porque decía que quería inventar ‘la radio a colores’… “Sí, sí, vosotros reíros, ¡pero ya veréis el día que pille la onda!”, decía mi abuelo…».
La escena parece absurda, pero en realidad la radio siempre ha transmitido en colores, los que cada oyente asocia en su mente a los sonidos y voces difundidos por un receptor cuya evolución tecnológica a lo largo de casi un siglo cabe resumirse en apenas tres logros: la independización de la corriente eléctrica, la mejora en la calidad de la señal y la progresiva miniaturización de los transistores. Así ocurrió hasta que Internet introdujo la radio en las pantallas: fue a partir entonces cuando el entorno digital comenzó a normalizar la imagen y, seguramente también, a arrinconar el encanto de la imaginación.









