Sinceramente; a veces, bastantes veces, me siento un impostor. Me suelo ocurrir cuando escribo aquí. O cuando participo en foros donde depositan mucha confianza en lo que yo pueda decir. Puede que este sentimiento tenga algo que ver con mis antecedentes.
Hace muchos años, más de 30, tuve el enorme privilegio de montar en un trillo. El trillo, básicamente, es un instrumento de labranza tirado por bueyes o mulas, de unos 5.000 años de antigüedad, que separe el grano de la paja en cereales como trigo, centeno,…
Esta singular experiencia no la viví en un museo; la viví en Lanseros, el pequeño pueblo de Zamora donde vivían mis abuelos y acudía a pasar buena parte del verano. Allí, bajo el sol de Castilla, era donde mi abuela gobernaba aquella embarcación tirada por dos vacas grandes y fuertes.
Mis primos, mis hermanos y yo, peleábamos por acompañar a mi abuela haciendo de grumetes. Pero éramos tantos que había que turnarse para disfrutar de una pequeña porción de viaje mágico.

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